lunes, 1 de abril de 2013

Epidemia

Marisa Pineda

“La vida es eso que pasa mientras estás ocupado con tu celular” dice un mensaje parafraseando la canción “Beautiful boy” de John Lennon. En mi versión “La vida es aquello que pasa frente a tus ojos cuando un automovilista va absorto en enviar mensajes por su teléfono celular… y a la vez conduce”.

Desde endenantes las calles de Culiacán se han vuelto escenario para la representación de la ley del más fuerte. El de la bicicleta no se toca el corazón para invadir la banqueta y embestir al peatón, el de la moto hace lo propio con el de la bici y el que va en automóvil aplica la misma fórmula con los anteriores, cuatro llantas son más que dos. El que conduce un todoterreno se  atraviesa al del sedán y se da un quién vive con camiones urbanos y de transporte de valores, que están en la cúspide de la pirámide. En la base de esa escala estamos los de a pie.

El Programa de Acción de Seguridad Vial 2008-2020 establece que en Sinaloa las defunciones por accidente de tránsito fueron la principal causa de muerte entre los 5 y los 19 años de edad, la segunda entre los 20 y 44, y estimó que 900 sobrevivientes de accidentes viales quedaron con discapacidad permanente. Las causas fueron el índice de motorización acelerado, manejo agresivo, conductores sin preparación, insuficiente vigilancia de la autoridad vial y ausencia de educación vial de la población en general. El programa reconoce y califica: “En Sinaloa, el problema ha tomado dimensiones de epidemia”.

Ajenos a esas cifras, ahí nos tiene a un grupo equis en céntrico crucero esperando que los conductores se apiadaran del montón que divisaba la siguiente acera como quien divisa la tierra prometida. El cadete parado a la mitad de las calles giró, alzó la mano en señal de alto y aquella larga fila de vehículos detuvo su marcha.

De pronto, un sedán blanco que había quedado al frente comenzó a moverse. En fracciones de segundo los de a pie quedamos atrapados en el arroyo de la calle; quienes pudieron alcanzaron la otra acera, otros metieron reversa y los demás entrecerramos los ojos esperando el golpe.

El cadete se interpuso, daba silbatazos, movía las manos, cambió el silbato por los gritos, todo en vano. La muchacha seguía con la vista y las manos clavadas en lo que ya claramente veíamos como un teléfono celular. Fue hasta que la defensa de su auto tocó a un señor, un niño y al propio cadete cuando se percató que había vida más allá del aparato. De inicio no tuvo intención ni de bajarse del auto, cuando fue obligada a hacerlo estaba botada de la risa, como quien es descubierto al cometer una travesura. Las mentadas, miradas reprobatorias y el llanto del niño la volvieron a la realidad y la risa cambió a sollozos… sin soltar el celular. Ya no supe en qué quedó el asunto, me lancé por una botella de agua para el susto y corregí: La vida es aquello que pasa frente a tus ojos cuando un automovilista va absorto en enviar mensajes por su teléfono celular… y a la vez conduce.

Muchas gracias por leer éstas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones por favor en adosdetres@hotmail.con En Twitter nos seguimos en @MarisaPineda. Si maneja por favorcito léase el reglamento de tránsito, y en vía de mientras que tenga una semana libre de sustos.