lunes 9 de noviembre de 2009

A dos de tres

Marisa Pineda

Todos los de A dos de tres estamos en un dilema, no sabemos cómo debemos actuar ahora. Los últimos meses, particularmente, enfrentamos las rudezas y marrullerías de la crisis económica, que amenazaba con mostrar su lado más cruel para la segunda y tercera caída; de pronto, el réferi nos toma por sorpresa y anuncia que la recesión abandona el combate. Se va. Se acabó. ¡Puf! Se desvaneció. Se fue dejándonos bailando en un tacón, sin tiempo para prepararnos de cómo vamos a enfrentar el crecimiento, cómo gastar sin que se nos note lo nuevo rico. En A dos de tres estamos, pues, en medio de un dilema.

En este México en que la realidad supera la ficción, en donde basta que cualquier verdad sea dicha por el Réferi Absoluto para que todo el respetable público la ponga inmediatamente en duda, no resultó extraño, pues, que cuando diera a conocer que la recesión había terminado, el graderío volteara a verlo y exclamara al unísono: “¡Naah! ‘Ora resulta”.

En A dos de tres la de la letra no logró reprimir un gritito de emoción cuando leyó la noticia. ¡Oh! sí, lo recuerdo, estaba yo dándole un vistazo a la página en internet de un diario nacional cuando ví la fotografía del Réferi Absoluto y su declaración entrecomillada. El Absoluto agradecía al bando técnico su participación (calificándola de muy destacada, por cierto) y anunciaba que la recesión se había ido y su lugar lo tomaría el crecimiento.

En ese momento esta su amiga se sintió tan contenta como desconcertada. Contenta porque durante todo el año en A dos de tres hemos vivido con el Jesús en la boca preparándonos para que nos canten “diciembre me gustó pa’ que te vayas” y de pronto, el decreto del Absoluto, nos cambia la tonada por “entren santos peregrinos”.

Desconcertada por cómo hacer, qué pasos seguir, para no validar la cita: logra más el rico cuando empobrece, que el pobre cuando enriquece.

De inmediato me visualicé en las tiendas sin tener que buscar ofertas, sin ese sentimiento de obligada resignación al tener que hacer a un lado lo que realmente me gustó luego de ver la etiqueta del precio, sin tener que recurrir a la ya gastada autojustificación: venden la pura marca.

A medida que leía la declaración me veía en el supermercado sin tener que practicar cada vez más complicados ejercicios matemáticos, para echar al carrito alimentos que equilibren la ingesta de nutrientes con los egresos de dinero. Me veía diciendo adiós a la ilusión óptica de acomodar los artículos en el carrito, de tal forma que el ánimo familiar no se afectara por el notorio descenso de productos en él. Veía inminente prescindir de la reiterada propuesta “¿y si nos volvemos vegetarianos y comemos puras ramas?”, hecha cada vez que pasábamos por los pasillos de las carnes, pollos, pescados y mariscos. Propuesta que era desechada de inmediato al llegar a las frutas y verduras, y encontrar a 25 pesos el kilo de tomate y a 22 el de papa.

¡Ya no más! La recesión terminó. Al principio quienes integran A dos de tres no lo creían. Cuando corroboraron que la noticia la había dado el mismísimo Absoluto, argumentaron mayor razón para que la duda se volviera práctica de fe. ¿Cómo era posible? ¿Por qué si la recesión se había ido aprobaron la aplicación del martinete, vía alza a los impuestos? ¿A poco el multirepudiado paquete fiscal había resuelto todo? De ser así significaba, acaso, que estábamos ante un hecho histórico: por fin les habían salido las cuentas al Absoluto Réferi y a sus séconds.

Eran muchas preguntas para las cuales la de la letra, evidentemente no tenía –ni tiene- todas las respuestas; sin embargo, fue contundente recordarles: ¿qué a poco Ustedes saben más de lo que está pasando en el país, que el Réferi Absoluto? ¿Qué acaso creen que él vive en Referilandia? Lo que ocurre, reproché, es que Ustedes son gente de poca fe.

Tras componer, descomponer y volver a componer al país, los de A dos de tres declinamos esta vez hacer uso del privilegio de la duda y sí, en cambio, extender un convenenciero voto de credibilidad. La crisis económica se acabó y la recesión se fue, por la vía del ejercicio de la declaración mediática. Fin.

Ahora, la preocupación es cómo prepararnos para administrar la abundancia. La historia nos enseña que en eso no hemos sido buenos. Ahora, el pendiente es cómo hacerle para no comportarnos como nuevos ricos, para que aplique el dicho: el que no tiene y llega a tener loco se quiere volver. Los del Departamento de Investigaciones de A dos de tres ya recopilan presentaciones en power point sobre el dinero y el desarrollo personal, para rolarlas cual material didáctico.

En vías de prepararnos para hacer frente a la bonanza, ha habido voces que hasta aseguran que los del transporte urbano, los del mercado, los de bienes y servicios siguen con la escalada de precios; cuestionan, perspicaces, por qué una declaración tan importante no recibió más atención de los medios de comunicación y, en vez de ello, se buscó cubrirla como si se hubiera tratado de una pifia.

Incluso, en vez de ver a los de A dos de tres como crédulos de las acciones y proclamas del Absoluto Réferi, nos han tachado de irónicos. En A dos de tres les respondemos que si está cada vez más caro lo que debería estar más barato, es únicamente porque todavía hay muchos que no están informados de que la recesión ya terminó.

Muchas gracias por leer éstas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Ya sabe, comentarios, sugerencias, mentadas (algo le dice a la de la letra que esta vez serán más muchas), invitaciones y hasta felicitaciones, por favor en adosdetres@hotmail.com

Que tenga una semana de absoluto y total desarrollo.

martes 3 de noviembre de 2009

A dos de tres

Marisa Pineda

“Viene la muerte luciendo mil llamativos colores…” Estamos en la antesala de la celebración del Día de Muertos, tradición que sigue asombrando al mundo por la manera, desde mística hasta jocosa, que vemos los mexicanos a la Muerte.

A la Muerte los mexicanos le cantamos, le dedicamos coplas, la hacemos protagonista de chistes, de refranes. A la Muerte la invitamos a parrandear, la enamoramos, la retamos, le hablamos de Tú. Total, si para morir nacimos.

En todas las culturas, en todos los tiempos, la muerte y el querer saber qué hay después de ella es una constante. En nuestro pueblo la muerte se venera, y esa veneración tiene particularidades. En Pomuch, Campeche, el Día de Muertos se celebra desenterrando, desde la víspera, las osamentas de los antepasados. Los huesos se limpian cuidadosamente, se visten, se colocan en una caja de madera adornada con paños bordados y se exhiben a la entrada a las casas. El ritual incluye presentar las comidas, bebidas y aquello que al difunto le gustaba.

En la isla de Janitzio, en Michoacán, la celebración de Día de Muertos es sombría. En la noche, en cuanto empiezan a sonar las campanas, los deudos salen vestidos de negro, con veladoras, flores y ofrendas rumbo al camposanto. El murmullo de los rezos, el luto que contrasta con el amarillo de la flor de zempasuchitl, la luz de miles de veladoras en medio de la noche dan al panteón una atmósfera lúgubre e inolvidable.

En Culiacán hay panteones con mausoleos más grandes que muchas casas de interés social. Cuentan las historias que hay tumbas vigiladas día y noche, nadie dice el por qué del cuidado y ese silencio se respeta. También dicen que hay tumbas sin cuerpos, que se sabe que la persona murió pero los restos no aparecieron y está la tumba vacía, con el puro recuerdo, una foto y las ofrendas. Las ofrendas, platican, son: botellas de whisky o coñac, Buchanan’s de 18 años y Remy Martin, globos multicolores y armas de grueso calibre con cachas cuajadas en oro y piedras preciosas, recargadas en los angelitos de yeso que velan el alma de los difuntos.

Tumbas con lápidas enormes de mármol de una sola pieza. Tumbas hermoseadas con costosísimos arreglos florales y tradicionales coronas de flores de papel crepé. Tumbas en que cada difunto tiene su corrido.

La música de “chirrines”, como llamamos en Culiacán a los conjuntos musicales norteños, le da un carácter festivo al Día de Muertos. En lo que uno limpia la tumba familiar, no se puede sustraer a la alegría de la petición “que se celebre una fiesta al pie de mi sepultura, que haiga (sic) mariachis y bandas que no se vea la amargura...”

El sonido del acordeón y las tarolas hace que uno voltee a ver a las mujeres que fueron a visitar la tumba vecina. Llama la atención que hay mausoleos, como ese, en que los deudos que van el 2 de Noviembre sólo son mujeres. Mujeres de distintas edades, todas guapas, todas vestidas de luto o medio luto. Todas prevenidas porque llevaron carpa, sillas plegables, hielera, viandas y hasta un pedazo de pasto sintético donde colocar lo necesario para pasar el día en el panteón; no como la familia de uno que se pelea entre sí porque nadie llevó siquiera un balde.

Tras un cuarto de hora de reproches mutuos por ser todo lo inútil que se puede ser en los menesteres funerarios, una de las vecinas –harta, o apiadada, por el pleito familiar ajeno- mueve una mano y de la nada aparece un tipo que se apersona con la instrucción “yo le ayudo”. En lo que dura un suspiro, el hombre aquel ya se encargó de los refuerzos y la tumba empieza a ponerse “al cien”. En tanto, las vecinas invitan agua, un refresco o algún bocado. Como sería una descortesía mayúscula decir que no, allá va uno.

La más de las veces se trata de mujeres amables y discretas. A diferencia de uno, que cuenta cómo eran los muertos en vida, ellas no dicen nada. De pronto, uno repara que el nombre que canta el corrido es el mismo que está en la lápida; tras un imprudente silencio uno trata de superar el traspié contando cómo el tío Fulanito “se fue rápido. Una vez que le detectaron tal enfermedad, se fue bien pronto, pero se fue a gusto”, porque en las charlas de panteón no hay muerto que no se haya ido contento.

Gracias a los buenos oficios del empleado prestado por las vecinas, la tumba de la familia ya está limpia. Uno agradece las finas atenciones y va a lo suyo. Ellas regresan a su plática, parece que no pero se fijan en todo, principalmente en las demás mujeres de luto que, como ellas, no dicen nada de sus muertos. De esas otras mujeres sí comentan entre sí, de ellas y de sus historias que recuerdan la canción “veinte mujeres hermosas al panteón van a llegar, todas vestidas de negro mi cajón van a rodear. Unas lloran de tristeza, otras de dolor sincero, unas si no me equivoco le están llorando al dinero”.

La música sigue. Los corridos de rivales en vida se escuchan aquí a la par. La casualidad, que es la jugada más elaborada del destino, ha puesto a quienes fueron enemigos acérrimos pasillo con pasillo, tumba con tumba.

Con la familia de uno se produce un nuevo conato de pleito porque el encomendado en rezar el rosario no se lo aprendió y se le olvidó el papelito donde dice cómo. Una voz lo resuelve pidiendo un Padre Nuestro y un Ave María. Terminan los rezos y hay que seguir con la vida, reconfortados porque los que se nos adelantaron “ya están en un lugar mejor”. Cada quien sale del panteón dejando instrucciones de cómo quiere su velorio y su sepelio, las recomendaciones coinciden: “que no me anden con lutitos que es purita propaganda”.

Muchas gracias por leer estas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Ya sabe, comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones por favor en adosdetres@hotmail.com

Que tenga una semana bien viva.

lunes 26 de octubre de 2009

A dos de tres

Marisa Pineda

Aunque parezca que no, la lucha libre tiene reglas, límites y llaves prohibidas, como el martinete. En aras del espectáculo, entendiendo por espectáculo generar más entradas y ganancias económicas, en la lucha libre hay versiones cada vez menos libres y sí más libertinas. Esas versiones van de las luchas en jaula o con cuerdas de alambre de púas, hasta las llamadas “todo vale”, que siguen el concepto hasta la falsedad. A esas luchas me recuerda la discusión del paquete fiscal, con el cual, a rudos y técnicos, nos aplicarán por igual el martinete.

El martinete es un castigo consistente en poner al oponente de cabeza y azotarlo contra la lona. Cuentan las crónicas que en la década de los 60’s estuvo permitido en la lucha libre mexicana, dejando a decenas de gladiadores lesionados. Como el reglamento varía de estado a estado y de municipio a municipio, es difícil precisar en qué fecha se prohibió de manera oficial. Sin embargo fue en 1992, cuando Blue Panther y Love Machine se jugaban la máscara, que el martinete quedó estigmatizado en la lucha libre en nuestro país.

El mexicano Blue Panther y el estadounidense Love Machine se estaban dando con todo, en la tercera caída Machine tomó al maestro Panther, lo puso de cabeza y lo estrelló. Las cervicales de Panther recibieron enteramente el impacto. Love Machine argumentó que en Estados Unidos ese era un castigo permitido y desconocía que en México estaba prohibido. De nada le valió, perdió su máscara por descalificación. Pese a los augurios de los comentaristas, tras meses de cuidados y rehabilitación, Blue Panther regresó a los encordados y al día de hoy sigue luchando. No todos han tenido esa misma suerte.

Cuando el luchador es colocado de cabeza para recibir el martinete se abraza a las piernas del oponente, buscando protegerse lo más posible. Una vez que es azotado la lesión es inminente. No hay martinete, ni ninguna de sus variaciones, que no dañe poco o mucho. Es un castigo del que nadie sale ileso. Así está el paquete fiscal.

Elevar el impuesto a depósitos en efectivo mayores a 25 mil pesos a esta su amiga la tiene muy sin cuidado (¡si vieran cuando!). El incremento al impuesto al internet se puede resolver navegando de polizonte en lugares con internet gratuito (o de pirata con un “ruteador”). Pero lo que es el impuesto al valor agregado y el impuesto sobre la renta, ese sí que es un martinete del cual no nos salvamos, aunque a unos sí nos amolará las cervicales y a otros sólo les sacará un chipote.

Cuenta la historia que las luchas “todo vale” (Vale Tudo en su idioma original, el portugués) surgieron en Brasil, como encuentros entre academias de deportes de contacto. Pese al nombre, los encuentros todo vale originales tienen reglas, poquitas, pero las tienen: no picar lo ojos y no morder. Para pronto, las empresas de lucha libre hicieron suyo el concepto “vale tudo”, modificándolo en versiones una más retorcida que la otra.

La lucha libre es un deporte espectáculo; sin embargo, esas mutaciones le han quitado la parte deportiva, dejando enteramente el espectáculo. Así, hemos visto batallas verbales y melodramas chafas, al igual que golpes a diestra y siniestra (cual pleito afuera de primaria) cercados por jaulas, alambres de púas o fuego. Violencia prefabricada en dosis tales que raya en la inocencia. A esas luchas se parece la discusión del paquete fiscal para el 2010.

El Congreso de la Unión y el Senado se han convertido en un ring de doble piso, donde se cambia de rudo a técnico con singular alegría. Con el argumento de actuar a favor del respetable público (cada vez más molesto de que lo tomen de bandera y pretexto, y no de razón y motivo) los que buscan ocupar los sitios reservados a las figuras de culto no dudan en hacer lo que sea por tal de dejar su lugar al final del cartel y llegar a estelaristas.

En el intento qué importa perder la vertical y rodar por la tribuna como frijol saltarín. Para qué es el físico si no para arriesgarlo por 30 segundos en horario estelar de noticieros. De qué sirve traer un atuendo que casi llega a los cinco ceros, confeccionado por los barones de la moda, si no es para salir en las fotografías enarbolando la defensa de los intereses de los pobres. Para qué es el diálogo si no para asegurar el contrato, por seis o tres años, con la empresa que mejor paga y en la que hay más oportunidades de llegar a alternar en la lucha final como superestrella.

En las últimas semanas hemos visto una lucha de todo vale. Gritos, caídas, jalones de traje y golpes incluidos. No es para menos, si consideramos que más de uno de los gladiadores, espera salir de ella con la máscara en la bolsa, lista para colocársela en el momento que el réferi le indique. Por cierto, del réferi mejor no hablamos, ya sabemos que, como buen réferi de “todo vale” al momento de los sillazos, casualmente está volteando para otro lado.

Muchas gracias por leer éstas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Ya sabe, comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones, por favor en adosdetres@hotmail.com

Que tenga una semana en plan de estelarista.

lunes 19 de octubre de 2009

A dos de tres

Marisa Pineda

No hace mucho (el domingo pasado, para precisar) comentamos aquí que octubre es el mes de los apartados de juguetes para Navidad. Recordamos el fiasco en que puede convertirse la Noche Buena o la mañana de Navidad cuando el plebe acaba con el ánimo en la basura porque el juguete que recibió no es como creía. Eso, sin contar los dramas que se arman porque el aparato requiere pilas y, por supuesto, no las trae. O porque en las prisas, al Santa Claus se le olvidó echarle aire a las llantas de la bicicleta y, si no hay una gasolinera o vulcanizadora cerca, el chamaco está condenado a pasar la Navidad viendo como los demás juegan, mientras el sólo contempla el vehículo.

La imaginación suele jugar malas pasadas. Cuando se es niño, esos reveses van desde hacer que recurramos a la protección de una sábana porque se escuchó un ruido y uno estuvo hablando de fantasmas, hasta el pensar que los juguetes son, y funcionan, como en los comerciales o en los programas de televisión.

Decíamos aquí de las desilusiones que dejó descubrir que la archifamosa muñeca Comiditas fuera de la pantalla del televisor no era más grande que la palma de la mano (y mire que hablamos de la mano de un niño); que la máquina de raspados multisabores estaba bien lejos de raspar hielo con la velocidad que la temperatura exige, para que el agua no pase de estado sólido a líquido; y que el horno mágico dejaba los pasteles crudos.

Pero esos no eran los únicos juguetes que podían dejar marcas en la memoria. No, había otros, llamémosles unisex. En ellos figuraban el estuche de química Mi Alegría y las bicicletas, ambos vigentes hasta la fecha.

El estuche de química venía en varios tamaños. De a como era el sapo era la pedrada. Dependiendo de la capacidad adquisitiva del Santa Claus, era el tamaño de la caja; sin embargo, los fabricantes, en un ejemplo de igualdad, incluían en todas las presentaciones (hasta la más económica) el máximo experimento, el que hacía que el estuche de química valiera la pena: el volcán. (Si está riendo es porque le amaneció uno)

Además de tubos de ensayo, goteros, tapones de corcho y demás, cada estuche contenía un volcán de plástico, dentro del cual se debían colocar las sustancias indicadas en las cantidades subrayadas con rojo en la guía. El resultado era un volcán que empezaba a humear, su interior comenzaba a burbujear hasta desbordarse por las laderas un líquido rojo que se vuelve pastoso (la lava). El éxito del experimento era celebrado con gritos y aplausos, así como por la curiosidad de investigar cómo se vería si se ponía el doble de las cantidades indicadas o, de una vez, todo el contenido del paquete.

Fueron muchas las casas cuyos techos manchados dieron fe, durante años, de que por algo en la guía decía en letras rojas, grandotas, que no se debían alterar las cantidades, ni suplirse por otras sustancias. El juguete terminaba guardado en algún ropero, bajo siete candados y doble llave. “Y ¡ay! De ti que lo saques porque te va mal, te tundo. No vas a descansar hasta que quemes la casa o nos envenenes a todos”. La regañiza indicaba que había llegado el fin de la Navidad antes del mediodía.

Diciembre 25 de un año cualquiera, 6 de la mañana, la casa en silencio, los grandes están dormidos. De algo sirvió hacer caso, no pelearse, bañarse y lavarse los dientes antes de dormir, hacer la tarea y los mandados. Ahí, a un ladito del árbol, una bici espera. Allá va uno a treparse en el vehículo. Al tercer pedaleo se percata que avanza trabajosa y lentamente, voltea hacia abajo y descubre las llantas como gelatina mal cuajada. Al Santa se le olvidó echarles aire. Es Navidad, y muy temprano, todo está cerrado. Las manecillas del reloj marcan ya la una de la tarde, los padres siguen dormidos. De la calle llegan sonidos de aquellos a quienes les amanecieron autos patrulla, ambulancias, carros de bomberos, el bbbrrrr fussh fussh de las pistolas cósmica. Con la crueldad que sólo la infancia puede dar, un par de embicicletados se presentan a la puerta de la casa para invitar a dar la vuelta, dan la media vuelta y se marchan, restregándole en la cara que las bicis de ellos sí ruedan.

Pero estaba también el drama de los juguetes de pilas. Carros, aviones, trenes, pistas de carrera, pistolas, que requerían de baterías para poder soltar las luces y los sonidos que se veían en televisión. O se encontraba algún electrodoméstico del cual tomar la energía, o se estaba condenado a pasar la Navidad moviendo manualmente el juguete, con los efectos sonoros también a cargo del feliz propietario.

Aquellos que crean que quienes pedían un mono ya la habían hecho, salvándose de experimentos fallidos o de baterías, están muy equivocados. No, no, no. Uno de los muñecos más populares durante generaciones fue El Hombre Elástico. Según la marca, variaba el color y tamaño del muñeco, así como el calzón que vestía (negro, blanco o camuflage). En el comercial salían unos niños jugando con el monigote, estirándolo hasta alcanzar casi el triple de su tamaño. También se podía aventar contra la pared y quedaba adherido por un buen momento.

Eso en la pantalla, la realidad era otra. El dichoso hombre elástico se podía estirar sí, pero con la ayuda de familia y amigos, cada uno jalándole una pata, un brazo y la cabeza. Era de un plástico de dureza tal que si le aventaban con él hacía chipote. Mismo chipote que surgía si en el estiramiento a alguien se le soltaba y salía disparado. En cuanto a pegarse en la pared, la caja no advertía que una vez adherido podía quedarse ahí por tiempo indefinido. Cuando se despegaba dejaba su huella en paredes y techos, igual que el volcán. Otra regañiza para completar Navidad.

Octubre es el mes en que inician los apartados de los juguetes que traerá Santa Claus en Navidad a los que nos portamos bien. No olvide revisar las cajas y, si se puede, los instructivos, para tener listas las baterías, el enchufe o lo que amerite. Mire que los desencantos que dejan las navidades o noche buenas fallidas, dejan secuelas que ni el tiempo ayuda a olvidar.

Y no se olvide que sugerencias, comentarios, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones, son, por favor, en adosdetres@hotmail.com Que tenga una semana que deje huella.

martes 13 de octubre de 2009

A dos de tres

Marisa Pineda

En cuanto pasan las Fiestas Patrias, disfraces para Halloween y calaveritas de azúcar de Día de Muertos comparten espacio en las tiendas, en singular unión cultural. Mientras, allá, en un engañoso segundo plano, los adornos navideños empiezan a acaparar espacio. Cual humedad en el tirol se van colando hasta que, en un parpadeo, ya todo son pinos, esferas, luces y juguetes. ¡Juguetes! Mucho cuidado con ellos, mire que pueden dejar desengaños que ni el paso de los años aliviará. ¿O acaso ya logró superar que el horno mágico dejaba crudos los pasteles? ¿O que, estirar al hombre elástico era una labor que requería de toda la familia?

Dice la canción que de octubre “son las lunas más hermosas”, y de octubre son los días en que comienzan a levantarse los circos, castillos y palacios de los juguetes que ofrecerán aquello que, a la par, se empieza a ver en televisión y se desea para Navidad.

Con el mismo entusiasmo que hoy se busca un Xbox o un Wii, se entraba, cuando la de la letra era plebe, a las “gigantescas carpas” (decía el anuncio) a buscar las novedades. Los inclinados al deporte iban derechito a las bicicletas Bennotto, los bates, raquetas, manillas y pelotas. Para quienes tenían aspiraciones científicas estaban los microscopios y los estuches de química Mi Alegría. Los millonarios en ciernes preferían el Turista Mundial. Para el resto de los comunes, la compañía Lilí-Ledy tenía una amplia gama de muñecas, pistas para cochecitos y las mayores novedades tanto en productos, como en comerciales.

Así como lo importante es el juego, no el juguete, así de importante era la publicidad en televisión. Ahí, quedaron para antología las extraordinarias y efectivas campañas de lili-ledy. Sus comerciales eran historias con principio y fin, muchas de ellas cantadas, que cerraban con la rúbrica, también cantada, “es lilí-ledy los juguetes para ti y para mí”, que tiempo después cambió a “está hecho pensando en ti, es lilí-ledy”. Entre los juguetes más populares de la marca estaban: la muñeca lagrimitas, el horno mágico y la máquina de raspados multisabores. Generaciones enteras quedaron marcadas por tener, o por quedarse deseando, alguno de esos juguetes.

Lagrimitas tenía un jingle que decía “llora y llora y mueve sus manitas, sólo se contenta llevándola a pasear, a comer, a bañarse, a dormir, es lagrimitas lilí”, al final, rápidito, una dulce voz femenina soltaba: lamuñecaylosestuchessevendenporseparado. Pasada la euforia navideña, el jingle se convirtió en burla para los quejumbrosos y Lagrimitas en apodo.

Tres meses de estar duro y dale, un día sí y otro también, fructificaban y ahí, al pie del árbol, estaban las cajas. A medida que uno desgarraba el papel el júbilo se empañaba por la sospecha, algo no andaba bien. Un paquete, la recámara de la Lagrimitas; otro, el cuarto de baño de la Lagrimitas; otro más, la carreola de Lagrimitas; y otro más, la mesa periquera para que comiera Lagrimitas; al final, los papás instando emocionados: anda, te falta uno, ábrelo a ver qué es. ¡Lagrimitas! Oh-oh, la Lagrimitas no medía más allá de quince centímetros. ¡Cabía en la palma de la mano! Se le echaba agua con un gotero y sí, al movérsele los brazos el agua cubría su rostro, pero para nada que era como se veía en la tele. Lloraba, sí, y uno con ella, diciendo para sí mismo: debí haber pedido la máquina de raspados.

Y al siguiente año, algo había hecho uno bien que Santa Claus lo premiaba, ahí estaba: una gran caja. La máquina de raspados multisabores sí era como se veía en la tele (no, como la Lagrimitas). Traía vasos, cucharas, sobrecitos de kool-aid para preparar los jarabes, popotes y su instructivo, porque había que armarla. Una vez ensamblada, se debía colocar el hielo, girar la manivela, llenar los vasitos con el hielo raspado, añadir el jarabe y a disfrutar. Así decía el instructivo que era el proceso, así se veía en la tele, pero ¡no! La realidad ¡No era así!

Para cuando uno daba la primera vuelta a la manivela ya había fila de gorrones pidiendo un raspado. Para cuando el aparato por fin lograba raspar el hielo, apenas se juntaba una cucharada, el resto se había derretido. ¿Qué pasaba? Hay que ir a cambiar la máquina, viene mal, llamaba alguien. No la armaste bien, culpaba otro. Por allá una voz con sentido común advertía: es un juguete. Debí haber pedido el horno mágico, decía uno para sí mismo.

No hay fecha que no se llegue ni plazo que no se cumpla y el 24 de diciembre llegaba. Otra vez, algo había hecho uno bien para que Santa lo premiara con el horno mágico; ¡Que real se veía! Más bonito que en la tele. En el anuncio, por un lado del horno se deslizaba un molde con harina y por el otro lado salía ya convertido en pastel. Había Santa Claus pudientes y con iniciativa que dejaban en complemento un juego de té, “para que tengas donde poner tus pasteles”. ¿Se podía pedir algo más a la vida? Pronto descubriría uno que sí.

Tras abrir la caja, uno descubría que el complemento para el horno mágico no era un juego de té, sino dos focos de 40 watts y una dotación de baterías, de las gordas. El horno mágico traía sus paquetitos de harina preparada Mary Baker, sus moldes y hasta charola adornada para colocar los pasteles. Lo que no traía eran los dos focos que requería para producir el calor que haría que la masa se cociera. Tras quitar los focos de las partes menos concurridas de la casa, se procedía a descubrir que para que los focos prendieran era indispensable la energía de cuatro pilas de las grandes. ¿De dónde se sacarían las baterías si todo estaba cerrado? ¡El radio! Y allá iba la familia a quitarle las pilas al aparato para colocarlas en el horno mágico. ¡Encendía!.

Se preparaba la masa. Masa al molde, molde al horno, click…. tres minutos… la luz del foco se pone pálida…. Cinco minutos… está más pálida…. ¿le falta mucho? Las pilas ya se acabaron y no hay más. La masa ha quedado cruda, pero el molde lo suficientemente caliente para quemarnos los dedos. “Y ni se te ocurra que voy a estar gastando en pilas de las gordas, mira que ya me quedé sin radio. ¡Ah! Y ni creas que te vas a comer esa masa cruda, porque te vas a empachar” sentenciaba la madre en lo que le curaba a una la quemada que le había dejado el horno mágico.
Debí haber pedido el estuche de química Mi Alegría, decía uno para sí mismo.

Gracias por leer estas líneas y más gracias al 25 por ciento de los lectores de este espacio por proponerlas. Eso hace que esto valga la pena. Ya sabe, comentarios, sugerencias (mire que sí hacemos caso), mentadas y felicitaciones por favor en adosdetres@hotmail.com

Que tenga una semana sin desilusiones.

lunes 5 de octubre de 2009

A dos de tres

Marisa Pineda

Así como se maravillaron nuestros ancestros al inventar la rueda, así nos sentimos los que presenciamos la llegada al mercado de los teléfonos celulares; aquellos ladrillotes que pesaban como un kilo, con baterías que les duraban apenas siete horas y llamadas que se cobraban tanto a quien las hacía como a quien las recibía. Los aparatos redujeron su tamaño y expandieron sus utilidades, entre ellas el “sexting”, práctica de moda entre la plebada, consistente en el envío de fotografías y videos audaces que se rolan de un teléfono a otro, hasta terminar en los sitios más populares en internet.

La de la letra pertenece a una generación privilegiada. Vivimos el cambio de siglo y de milenio, y eso no cualquiera. Fuimos de los primeros habitantes en la aldea global. Atestiguamos al rápido desarrollo de las telecomunicaciones, particularmente el internet y la telefonía celular. Hemos visto como esos adelantos han influido en el lenguaje (las fotografías ya no sólo pueden estar desenfocadas, ahora también pueden estar pixeleadas) y en los modos de convivencia, dando origen a nuevos gentilicios (chatero, blogger, flogger) y a prácticas como el sexting y el bullying.

Al principio, las computadoras portátiles parecían maletas y pesaban como cinco kilos. Los teléfonos celulares eran como de kilo y medio y veinte centímetros de longitud, sin contar la antena. La variedad de “ringtones” se limitaba a un par de pitidos y los teléfonos sólo eran útiles para hablar. Las llamadas eran sumamente costosas y las zonas de servicio limitadas. Eso sí, aquellos ladrillos tenían excelente recepción.

En la carrera por la popularidad, no pasó mucho tiempo para que aparatos y tarifas se redujeran, los primeros en tamaño, los segundos en costo. Los teléfonos ampliaron sus funciones: sirvieron para enviar mensajes y surgieron amenidades como los tonos polifónicos (sonaban como tarjeta de felicitación con musiquita). Se les añadió cámara fotográfica, de video, conexión a internet, reproductor de música, radio y televisión llegando a un punto en que su función original, la de hablar a distancia, pareciera accesoria.

Al igual que el internet originó sus propias formas de convivencia (salas de chat, redes sociales), los teléfonos celulares han prohijado prácticas como el “sexting”, cada vez más popular en un segmento poblacional que va de chamacos recién entrados en la pubertad a jóvenes.

Para generaciones como a la que pertenece la de la letra, el despertar del morbo y la curiosidad sexual llevaba a ejercicios como espiar a las vecinas (o a los vecinos) en paños menores o sin paño alguno. Los varones hurgaban en los sitios donde los hermanos mayores, primos o tíos escondían sus revistas de monas bichis, mientras que las mujeres se iniciaban en el arte de la negociación (aka chantaje) al descubrir al hermano ojeando tales revistas, “vas a ver, le voy a decir a mi mamá lo que estabas haciendo si no me compras equis cosa”.

Ahora, esa etapa va cada vez más ligada a la incursión al sexting, práctica consistente en desnudarse, adoptar una actitud sexualmente provocativa, tomarse una foto y/o video con el teléfono celular y rolar la imagen de teléfono en teléfono.

Ese material termina casi siempre en redes sociales y en sitios de pornografía amateur.

A ello se suma el despertar sexual virtual en sistemas de mensajería instantánea o salas de chat. Sólo basta una computadora con cámara y un arranque de malentendida audacia para cruzar la línea y mostrar ante propios o extraños cuan “buena” se está, o que tan “potente” se es.

Son cada vez más las historias que refieren como la hija del primo de un amigo tuvo que cambiar de escuela, de amigos y hasta de residencia, luego de que la foto o el video que le envió al muchacho que le gustaba fue descubierta en alguna página de pornografía amateur, por algún pariente o amigo muy cercano a la familia, bajo la lastimosa guía “zorrita caliente de equis parte”.

Son conocidos los casos de figuras adolescentes (cantantes, actrices, deportistas) que han tenido que enfrentarse a la prensa y a sus seguidores, tras aparecer en internet fotografías o videos suyos en actitudes sexualmente atrevidas.

Sin embargo, no todos tienen esa oportunidad de aclarar las cosas, de salir del trance apenas raspados. Hay otros que acorralados por el miedo al castigo paterno, por la burla de los propios amigos, por la vergüenza de verse expuestos, no vislumbran más salida que el suicidio. Chamacos de quinto de primaria a bachillerato que no lograron superar el escarnio de que fueron víctimas al descubrirse sus imágenes en la red, o retransmitiéndose de teléfono a teléfono. Jovencitos que no pudieron con el cyberbullying, como se le conoce al empleo de las imágenes producto del sexting, sobreponiéndoles desde frases burlonas sobre su aspecto físico hasta ofensas y amenazas por su comportamiento.

Esta su amiga pertenece a una generación privilegiada, que ha visto grandes avances en la ciencia y la tecnología, pero que ha atestiguado también nuevas formas de convivencia caracterizadas por la rapidez, lo efímero y la rudeza innecesaria.

Muchas gracias por leer éstas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Ya sabe, comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones por favor en adosdetres@hotmail.com

Que tenga una semana libre de malas imágenes.

lunes 21 de septiembre de 2009

A dos de tres

Marisa Pineda

Abre la boca. Que la abras te digo. Mira que no estoy jugando. ¡Abre la boca! Ándale pues, no la abras a ver cómo te va. Tómatelo. Que te lo tomes te digo. Ahí lo tienes, ¡tómatelo! ¡No lo regreses! Mira que si lo regresas te doy otra cucharada y sin tantos miramientos. ¿Ves? Si no está tan malo, además es por tu bien.

¿Le es familiar? ¿A Usted también le dieron emulsión de Scott?

A veces los temas de A dos de tres salen de una efeméride, de algo que reportó alguno de los corresponsales que este espacio tiene en la ruta de camiones Cañadas-Quintas, en el Mercadito y en el mercado Garmendia, de alguna sugerencia hecha por los lectores (nadie tiene porque saber que el plural lectores comprende a un universo de cuatro), o de alguna cotidianidad.

En el preámbulo de este fin de semana, en una de esas charlas en donde los temas van saltando, un compañero (cuya plática es garantía de humor y aprendizaje) mencionó lo que vendría a ser algo así como Los diez más de la farmacia de la segunda mitad del siglo XX.

La aspirina, los alka seltzer, el hoy tan devaluado bicarbonato de sodio, el vic vaporub, el 666, el iodex, la pomada de la campana, la vitacilina, el magsokon, y, de pronto, casi al unísono de los que estábamos en la plática: ¡la emulsión de escot! ¡guácala!

Antes las madres se las ingeniaban con un paquete de no más de diez productos para que el plebe no se les enfermara. Cuando llegaba a la familia el primer nieto, esos remedios se transmitían con categoría de heredar en vida.

Así, se tenía, no la creencia, ¡la seguridad absoluta!, de que para que a un hijo no le salieran granos en la cara había que purgarlo cada mes. Y allá tiene al plebe venciendo la pena de ir a la farmacia a comprar el delator triángulo de magsokón (porque su empaque era un chismoso triángulo). ¿Es para ti? Nooo, me lo encargaron.
El producto era más amargo que una traición, se diluía en un poco de jugo de naranja con el inútil propósito de que supiera menos malo. Se debía tomar un fin de semana, por obvias razones, en las que no se tuviera compromiso familiar alguno.

Como madre prevenida vale por dos, de la purga no se salvaba nadie. Los que tenían granos porque los tenían, los que no para que no los tuvieran.

Otro de los productos que no dejaba excentos era la emulsión de escot, el aceite de hígado de bacalao. La toma dejó traumas imborrables en generaciones completas. La emulsión venía en una botella oscura y tenía una etiqueta con un marinero cargando un pescado. Supongo que el tipo era Scott. Cuando uno es niño, el rencor dura menos que un estornudo; sin embargo, a punta de cucharadas de su aceite, Scott nos enseñó a varios lo que es el rencor.

Para que uno no intentara siquiera escaparse de la toma, las madres hacían operativo sorpresa. Aún así, uno presentía que el momento de la emulsión se acercaba. Hiiijiiiitooo. El momento había llegado. Debía aceptarse con resignación el episodio o dar la batalla. Todos en algún momento dimos la batalla, todos la perdimos.

Correr, esconderse, hacerse el sordo a los llamados sólo era prolongar inútilmente el instante y sumar castigos innecesarios.

Alguna vez esta su amiga intentó correr, lo hizo, sólo para descubrir, como a los diez metros, la excelente puntería de la chancla de la Matriarca. Jamás lo repetí.

Hiiiijiiiitoooo. Veeeen mi niiiiñooo. Con los ojos llenos de lágrimas se presentaba uno ante la madre. Ahí, ya no hacían falta las palabras. Es por tu bien. A ver, rapidito, abre la boca. Cómo que no, ¡ábrela te digo! Mira Fulanito de Tal, ¡no estoy jugando! ¡A-BRE LA BO-CA! Y uno debía abrir la boca, aceptar que era por el bien de uno, para no quedarse chaparro y enclenque, para poder crecer sano y fuerte, para no enfermarse, para ser más inteligente y menos burro en la escuela. Para todo.

Había que abrir la boca. Algunos cerrábamos los ojos (ojos que no ven corazón que no siente). Otros, cual héroe en el paredón que desprecia el vendaje, preferían ver como la cuchara se acercaba a su boca con el líquido aceitoso aquel. Tan sólo destapar la botella el fuerte olor a pescado había invadido los cuatro puntos cardinales, si por algo se lo daban a uno en un sitio aireado, aún así, el lugar olía como los baldes del mercado donde echaban las tripas de los pescados rumbo al bote de la basura.

Había que abrir la boca, ¡ya que!, vencer el natural reflejo del vómito que produce un olor desagradable, y un sabor peor aún. Mientras el aceite pasaba, uno se preguntaba si los padres lo hacían porque realmente era bueno o porque a alguien había que endosarle la factura de lo por ellos también vivido. Temeroso, uno se cuestionaba qué pasaría si no se tomaba el aceite, ¿se enfermaría? ¿Moriría? De pronto, el estómago daba acuse de recibo. La sonrisa de la madre mercaba el final del momento.

Un momento que aún hoy, a una vida de distancia, con sólo decir “la emulsión de escot”, se revive. ¡Guácala!

Muchas gracias por leer estas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Ya sabe, comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones, por favor en adosdetres@hotmail.com

Que tenga una semana exenta de malos sabores.