A dos de tres
Marisa Pineda
Diciembre. Mes de arbolito, adornos, luces, y todo eso que constituye la parafernalia navideña. Mes de regalos; posadas y villancicos. Mes en que ad chalecum debe andar contento y con el espíritu de dar y recibir muy en alto. Pero ¿qué pasa cuando a Usted lo hartan los villancicos?, cuando está decidido a no entrar al intercambio navideño porque este sólo le ha dejado una dotación de carteras que le durarán de tres a cinco reencarnaciones. Qué pasa cuando se niega a convertir su casa en una sucursal del taller de Santa. Pasa que lo llamarán: grinch.
“El grinch que se robó la Navidad” cuenta la historia del ogro que no podía ver ojos en cara ajena y planeó disfrazarse de Santa Claus para robarse todos los regalos y árboles de Navidad; su plan no funcionó porque la gente sabía que el gozo de la Navidad nace en el corazón. Dicen los que dicen saber que el cuento está inspirado en el pasaje de Herodes, quien al saber del nacimiento de Jesús ordenó matar a los niños. El plan de Herodes fracasó y henos aquí, dos mil diez años después, celebrando la Navidad.
Basada en ese cuento, en el año 2000 se estrenó la película El Grinch, en la cual Jim Carrey dio vida al ogro que quería robarse la Navidad. En la cinta el motivo del grinch varía y, más que por egoísmo, quería arruinar la fiesta porque detestaba los villancicos (ya sabe cómo es Hollywood de correcto y moralino para ciertos asuntos). A partir de la película es cada vez más usual que a quienes no alucinan por la parafernalia que rodea estas fechas se les diga grinch, en vez de aguafiestas. Pero, haciendo a un lado a Herodes y al egoísmo de la historia original, ¿en verdad se puede culpar al grinch por detestar los villancicos?
Cuántas veces ahí va Usted a un centro comercial a ver precios y darse una idea de lo que regalará. En el centro comercial, bien considerados, han ampliado los horarios de venta para que elija con calma sus obsequios. Además, para que el espíritu navideño lo invada han ambientado con luces, figuras, campanas y sonidos de trenes (ya ve que en esta época de la nada surgen trenes, eléctricos o de pilas no hay Navidad sin trenes). Para completar el cuadro y que el espíritu navideño lo acompañe hasta en los probadores: villancicos.
Para cuando termina de ver precios ya escuchó Adestes Fideles en versión de Frank Sinatra, de Il Divo, del mismísimo Pavarotti y hasta del grupo Para amanecer bailando; para entonces, aunque le digan sacrílego, ya estará hasta la coronilla del venite adoremus. Eso, sin contar que entre Adestes y Adestes escuchó como beben los peces en el río; que en el portal de Belén hay estrellas, sol y luna; que campana sobre campana y sobre campana una; culminando con feliz Navidad, próspero año y felicidad.
Y es entonces cuando empieza a ver al grinch de otra manera, cuando empieza a cuestionarse si el ogro realmente estaba mal porque los villancicos lo tenían hasta la coronilla. Es entonces cuando repara en que el sonidito que lo tiene sonso viene de los gorros de los vendedores, porque prácticamente a todos les pusieron gorro rojo con cascabel; y los que no tuvieron tanta suerte fueron convertidos en gnomos del taller de Santa, con cascabeles en el gorro y en las babuchas.
En estas fechas a la de la letra le gusta mucho ver las casas iluminadas con miles de foquitos. Admiro la dedicación de quienes prácticamente forran de luces las fachadas o techos de sus hogares; de quienes colocan coronas y guirnaldas en puertas y barandales; que se dan tiempo no sólo para poner un arbolito tupido de adornos y luces, sino que hasta visten de Navidad el baño, con toalla con cenefa navideña, tapa de inodoro con un Santa Claus que le sonríe y al levantarla se tapa los ojos para no verle el trasero, y rollo de papel de baño que dice Ho Ho Ho.
Hasta ahí todo bien, pero cuando la magia de la Navidad llega a que el desayuno, comida y cena estén acompañados ininterrumpidamente de “Los mejores villancicos” volumen uno al diez, ahí sí, esta su amiga empieza a transformarse sin importarle que le digan grinch.
Y a propósito de grinch, lo dejo porque voy a poner el árbol.
Muchas gracias por leer éstas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Ya sabe, comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones por favor en adosdetres@hotmail.com
Gracias a quienes nos echaron de menos éstos días. Retornamos. Estamos bien. Un abrazo.
Que tenga una semana con el espíritu en alto.
PD: Cada que esté a punto de tronar porque se hartó de los villancicos recuerde el “chalalala-la-lá el futuro es milenario, chalalalala-lá al son del bicentenario”, se le pasará el malestar.
Marisa Pineda es del mero Sinaloa. Fanática de la lucha libre. Adicta a los chocolates. Le gusta el café, la comida chatarra (y la no chatarra también), las flores, el vino blanco, leer, la música y los viernes. Cree en la reencarnación y en el poder de la fe. Es totalmente neurótica y peligrosamente despistada.
martes, 7 de diciembre de 2010
domingo, 14 de noviembre de 2010
A dos de tres
Marisa Pineda
Nada es personal, es cuestión de negocios. Michael Corleone, en El Padrino.
Se oye música alegre, la calle Hidalgo, entre Obregón y Carrasco, ha reabierto a los peatones. Pisan y arrastran metros y metros de cinta plástica amarilla, dice “Precaución”. En el ambiente hay tizne y un penetrante olor a humo que se queda en la ropa, en el pelo, en la piel; sale de los restos de la tienda Coppel que el miércoles se incendió. Decenas de jóvenes se detienen a tomarle video con sus teléfonos celulares. Un ruido fuerte los hace saltar, risas nerviosas. Un señor termina de rezar un Padre Nuestro por las seis empleadas que murieron en el incendio, asfixiadas. Atrapadas, encerradas con llave por fuera. No hubo quien pudiera salvarlas de esta tragedia que hace un nudo en la garganta, que enoja, que debería avergonzar.
Hay un viejo cuento que dice: Era un ladrón que a punto de verse descubierto empezó a gritar “El ladrón, el ladrón, agarren al ladrón, allá va el ladrón” en lo que apuntaba para otro lado. A esa historia empieza a parecerse la serie de irregularidades que enmarca esta tragedia que golpea directamente a nueve niños, el menor de 45 días de nacido. Nueve niños a quienes no les podemos regresar a sus madres, pero a quienes tenemos la obligación de rendir cuentas, a quienes debemos justicia. En memoria de esas seis empleadas debemos exigir mejores condiciones laborales y de seguridad a grandes empresas, cuyos empleados trabajan en situación similar a la evidenciada con su muerte.
Ahora, de aquí y allá surgen señalamientos: la tienda operaba en medio de irregularidades en materia de seguridad y laboral. Irregularidades que al otorgar permisos, licencias, revalidaciones, de hacer revisiones ¿no vieron? las autoridades de Protección Civil, las del Trabajo y Previsión Social, las comisiones de Derechos Humanos, los institutos en pro de las mujeres, los líderes sociales, los organismos patronales. Todos los que seis muertes después señalan anomalías sin citar qué instancias las solaparon. Las verdades a medias son también medias mentiras. Citar irregularidades de unos y de otros, sólo citar, aguantar en lo que llega el olvido, en lo que la desmemoria termina de sepultar los seis cuerpos.
A las 21:55 horas del martes 16 de noviembre el Sistema de Emergencias 066 recibió una llamada: había un incendio en la tienda Coppel Hidalgo. En diez minutos los reportes fueron 15; luego se supo que dos de ellos los hicieron las mismas empleadas quienes, encerradas, hacían inventario. Cuando los bomberos llegaron encontraron las cortinas metálicas con llave. Tras múltiples esfuerzos lograron penetrar, no sin antes resultar un bombero herido en una mano al emplear una motosierra y dos intoxicados por el humo. Los cuerpos de las empleadas pudieron ser recuperados luego de casi diez horas de luchar contra el siniestro. Enterarse cómo narraron, vía telefónica, sus últimos momentos a familiares y amigos es la suma del dolor y la impotencia.
Tres días después de la tragedia surgió una versión: los trabajadores que se encargan de la remodelación de la avenida Carrasco se ofrecieron a derribar la puerta con una retroexcavadora, pero alguien –así, sin nombre, sólo Alguien- encargado de seguridad en la tienda lo impidió.
Cuesta creer que tal historia haya ocurrido así. Si no había responsables de la tienda ese momento ¿Quién dijo que no la dañaran? Si estaban los Bomberos y esa máquina hubiera sido útil para controlar el fuego es increíble que permitieran que alguien, quien fuera, la desechara para no dañar una tienda que se consumía entre llamas, a la cual bomberos y protección civil daban de hachazos y marrazos para abrir boquetes.
Esa versión ha contribuido en los comentarios hacia la actuación de los Bomberos. Reconozco que me gana la admiración hacia ellos, a su valor, a su entrega desinteresada. Es momento de observar que Culiacán ya no es el de 1949 cuando se integró el Heroico Cuerpo Voluntario de Bomberos. Es momento de recordar que nuestros Bomberos merecen que los cuidemos, que contribuyamos a que tengan cada vez más y mejor equipo y, por ende, más seguridad al realizar su labor. Ellos también tienen familia que los espera. Son héroes, hay que cuidarlos, no abundan.
Es viernes. La Hidalgo se ha reabierto a la circulación peatonal. Una pipa de bomberos está afuera de la tienda incendiada, a su lado una camioneta de Servicios Periciales. Un chamaco se ha acercado a platicar con los agentes, algo gracioso dicen porque ríen y no le recriminan haberse brincado la cinta amarilla colocada para que la gente no se acerque al edificio, que puede colapsar. En eso se escucha un ruido, el chamaco corre, los que graban brincan asustados. En la banqueta hay refrigeradores y maniquís semiquemados, sillas ahumadas y estantería fundida, algo de eso se cayó.
Repuestos del susto unos siguen su camino, otros vuelven a su sitio y siguen grabando desde su celular, otros llegan a suplir a los que se fueron, otros pasan sin voltear siquiera. El señor recargado en la pared frente a la tienda termina su rezo “Y líbranos del mal, amén”, se santigua y sigue su camino rumbo a la Carrasco. Por largo rato contempló los fierros retorcidos, las partes carbonizadas. Sobre las paredes ennegrecidas paradójicamente quedó buena parte de una lona plástica; en ella el rostro de una mujer sonriendo, a un lado la frase “Mejora tu vida”. También quedó un gran letrero de acrílico en el suelo: “Coppel”, intacto.
Muchas gracias por leer estas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Ya lo sabe: por favor comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones en adosdetres@hotmail.com
Que tenga una semana en que el tiempo alcance para decir una oración.
Marisa Pineda
Nada es personal, es cuestión de negocios. Michael Corleone, en El Padrino.
Se oye música alegre, la calle Hidalgo, entre Obregón y Carrasco, ha reabierto a los peatones. Pisan y arrastran metros y metros de cinta plástica amarilla, dice “Precaución”. En el ambiente hay tizne y un penetrante olor a humo que se queda en la ropa, en el pelo, en la piel; sale de los restos de la tienda Coppel que el miércoles se incendió. Decenas de jóvenes se detienen a tomarle video con sus teléfonos celulares. Un ruido fuerte los hace saltar, risas nerviosas. Un señor termina de rezar un Padre Nuestro por las seis empleadas que murieron en el incendio, asfixiadas. Atrapadas, encerradas con llave por fuera. No hubo quien pudiera salvarlas de esta tragedia que hace un nudo en la garganta, que enoja, que debería avergonzar.
Hay un viejo cuento que dice: Era un ladrón que a punto de verse descubierto empezó a gritar “El ladrón, el ladrón, agarren al ladrón, allá va el ladrón” en lo que apuntaba para otro lado. A esa historia empieza a parecerse la serie de irregularidades que enmarca esta tragedia que golpea directamente a nueve niños, el menor de 45 días de nacido. Nueve niños a quienes no les podemos regresar a sus madres, pero a quienes tenemos la obligación de rendir cuentas, a quienes debemos justicia. En memoria de esas seis empleadas debemos exigir mejores condiciones laborales y de seguridad a grandes empresas, cuyos empleados trabajan en situación similar a la evidenciada con su muerte.
Ahora, de aquí y allá surgen señalamientos: la tienda operaba en medio de irregularidades en materia de seguridad y laboral. Irregularidades que al otorgar permisos, licencias, revalidaciones, de hacer revisiones ¿no vieron? las autoridades de Protección Civil, las del Trabajo y Previsión Social, las comisiones de Derechos Humanos, los institutos en pro de las mujeres, los líderes sociales, los organismos patronales. Todos los que seis muertes después señalan anomalías sin citar qué instancias las solaparon. Las verdades a medias son también medias mentiras. Citar irregularidades de unos y de otros, sólo citar, aguantar en lo que llega el olvido, en lo que la desmemoria termina de sepultar los seis cuerpos.
A las 21:55 horas del martes 16 de noviembre el Sistema de Emergencias 066 recibió una llamada: había un incendio en la tienda Coppel Hidalgo. En diez minutos los reportes fueron 15; luego se supo que dos de ellos los hicieron las mismas empleadas quienes, encerradas, hacían inventario. Cuando los bomberos llegaron encontraron las cortinas metálicas con llave. Tras múltiples esfuerzos lograron penetrar, no sin antes resultar un bombero herido en una mano al emplear una motosierra y dos intoxicados por el humo. Los cuerpos de las empleadas pudieron ser recuperados luego de casi diez horas de luchar contra el siniestro. Enterarse cómo narraron, vía telefónica, sus últimos momentos a familiares y amigos es la suma del dolor y la impotencia.
Tres días después de la tragedia surgió una versión: los trabajadores que se encargan de la remodelación de la avenida Carrasco se ofrecieron a derribar la puerta con una retroexcavadora, pero alguien –así, sin nombre, sólo Alguien- encargado de seguridad en la tienda lo impidió.
Cuesta creer que tal historia haya ocurrido así. Si no había responsables de la tienda ese momento ¿Quién dijo que no la dañaran? Si estaban los Bomberos y esa máquina hubiera sido útil para controlar el fuego es increíble que permitieran que alguien, quien fuera, la desechara para no dañar una tienda que se consumía entre llamas, a la cual bomberos y protección civil daban de hachazos y marrazos para abrir boquetes.
Esa versión ha contribuido en los comentarios hacia la actuación de los Bomberos. Reconozco que me gana la admiración hacia ellos, a su valor, a su entrega desinteresada. Es momento de observar que Culiacán ya no es el de 1949 cuando se integró el Heroico Cuerpo Voluntario de Bomberos. Es momento de recordar que nuestros Bomberos merecen que los cuidemos, que contribuyamos a que tengan cada vez más y mejor equipo y, por ende, más seguridad al realizar su labor. Ellos también tienen familia que los espera. Son héroes, hay que cuidarlos, no abundan.
Es viernes. La Hidalgo se ha reabierto a la circulación peatonal. Una pipa de bomberos está afuera de la tienda incendiada, a su lado una camioneta de Servicios Periciales. Un chamaco se ha acercado a platicar con los agentes, algo gracioso dicen porque ríen y no le recriminan haberse brincado la cinta amarilla colocada para que la gente no se acerque al edificio, que puede colapsar. En eso se escucha un ruido, el chamaco corre, los que graban brincan asustados. En la banqueta hay refrigeradores y maniquís semiquemados, sillas ahumadas y estantería fundida, algo de eso se cayó.
Repuestos del susto unos siguen su camino, otros vuelven a su sitio y siguen grabando desde su celular, otros llegan a suplir a los que se fueron, otros pasan sin voltear siquiera. El señor recargado en la pared frente a la tienda termina su rezo “Y líbranos del mal, amén”, se santigua y sigue su camino rumbo a la Carrasco. Por largo rato contempló los fierros retorcidos, las partes carbonizadas. Sobre las paredes ennegrecidas paradójicamente quedó buena parte de una lona plástica; en ella el rostro de una mujer sonriendo, a un lado la frase “Mejora tu vida”. También quedó un gran letrero de acrílico en el suelo: “Coppel”, intacto.
Muchas gracias por leer estas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Ya lo sabe: por favor comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones en adosdetres@hotmail.com
Que tenga una semana en que el tiempo alcance para decir una oración.
lunes, 8 de noviembre de 2010
A dos de tres
Marisa Pineda
No te desconectes, no te desconectes, no te desco… ¡AAAghh! Se desconectó y faltaba bien poquito para que pasara la canción. ¿Se acuerda? Si se acuerda, es que le tocó la primera era de la transferencia de archivos de música en el otrora popularísimo napster.
En los últimos diez años, la tecnología para reproducir música ha registrado un desarrollo vertiginoso. La carrera pareciera ser por lograr acomodar cada vez más minutos de música en aparatos cada vez más pequeños y, por supuesto, con mejor fidelidad.
A la par, se libra otra competencia igual de rápida: la de conseguir más música de manera gratuita… a través de la internet, no vaya a pensar que tal logro tiene que ver con encontrar un disco de colección y pedir “¿me lo grabas?”.
Pero para llegar al intercambio de música a través de las computadoras hubo que recorrerse un camino que inició por allá en 1877, cuando Thomas Alva Edison inventó el primer fonógrafo. De ahí, Emile Berliner dio el siguiente paso con la invención del gramófono. El resto es historia: aparecieron el tocadiscos de alta fidelidad, las radioconsolas, las sinfonolas, el casete, el disco compacto, el walkman, el mp3 y lo que se acumule.
Quienes venimos de generaciones prehistóricas conocimos la música grabada en discos de vinilo y en casetes. Los abuelos de los abuelos referían que en sus tiempos los discos eran de 78 revoluciones por minuto (RPM). A la de la letra le tocaron ya en formatos de 45 y de 33 RPM; los primeros contenían apenas un tema de cada lado, los segundos registraban de seis a ocho temas por lado. Además, sus carátulas eran, frecuentemente, verdaderas obras de arte, muchas de ellas hoy de colección.
Para entonces los tocadiscos habían evolucionado a las radioconsolas. Eran como baúles de pequeños (como de un metro) a inmensos, dentro del cual estaba el tocadiscos. Cerrados servían también como mesa auxiliar. A la fecha las radioconsolas se cotizan bien entre quienes gustan de lo retro.
Hoy que tanto se habla de que la “piratería” y el intercambio gratuito de música por la internet ha golpeado inclemente a la industria discográfica, uno recuerda que aquellos discos de vinilo eran imposibles de piratear. Lo más que podía hacerse era lambisconear, amenazar o suplicar al propietario del acetato inconseguible hiciera el favor de grabarlo en un casete. Los únicos mecanismos de copiado eran de disco a casete y de casete a casete, no había de otra.
Además de la música, los vinilos aquellos obsequiaron momentos divertidísimos cuando se rallaban y el ídolo en turno se quedaba trabado cantando el mismo pedazo “sufro… sufro.. sufro..”, o cuando el alcapone (alcapone el disco) de la fiesta se le olvidaba cambiar las revoluciones y ni el mismísimo Pavarotti se salvaba de escucharse como ardillita.
Como para todo hay maña, la sabiduría popular recomendaba que en un disco rayado se salvaba el escollo colocando una moneda (o varias) sobre el brazo del tocadiscos. La cuestión era dar con la moneda del peso adecuado y colocarla en equilibrio. Si la moneda caía, su caída podía derrumbar también el ánimo en una pachanga, así que aquel con el don de equilibrar el peso era invitado imprescindible en toda fiesta en que hubiera discos rayados.
Años después los vinilos fueron reemplazados por los discos compactos, y con la masificación del internet por los nuevos formatos de archivo, como el mp3.
Es ahí cuando incluso las generaciones recientes envejecen al iniciar sus pláticas con “te acuerdas cuando…” Y se acuerda uno cuando descubrió que existía napster, aquel programa en que ponía el nombre de la canción deseada, daba click y ¡voilá! a “bajarla” a la computadora de donde podía pasarla a discos compactos y disfrutarla.
Era maravilloso tomar canciones de aquí y de allá hasta conseguir el repertorio soñado. ¡Y gratis! El problema era que no podía interrumpir la transferencia.
Tomando en cuenta que el internet no tenía entonces la velocidad de ahora conseguir cada canción podía equivaler a estar adherido a la computadora por horas, cruzando los dedos porque Fulanito10 no se desconectara.
Horas viendo como el bloque vacío se teñía de azul marcando el avance de la transferencia del archivo. De pronto, al llegar al 97 por ciento, ¡cuaz! el fatídico aviso de que la transferencia había sido cancelada, arrancando el sentido grito:
¡AAAghh! NOO, se cortóoo.
¿Se acuerda cuando...?
Muchas gracias por leer éstas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Por favor, comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones por favor en adosdetres@hotmail.com
Que tenga una semana en lo que bueno no se interrumpa.
Marisa Pineda
No te desconectes, no te desconectes, no te desco… ¡AAAghh! Se desconectó y faltaba bien poquito para que pasara la canción. ¿Se acuerda? Si se acuerda, es que le tocó la primera era de la transferencia de archivos de música en el otrora popularísimo napster.
En los últimos diez años, la tecnología para reproducir música ha registrado un desarrollo vertiginoso. La carrera pareciera ser por lograr acomodar cada vez más minutos de música en aparatos cada vez más pequeños y, por supuesto, con mejor fidelidad.
A la par, se libra otra competencia igual de rápida: la de conseguir más música de manera gratuita… a través de la internet, no vaya a pensar que tal logro tiene que ver con encontrar un disco de colección y pedir “¿me lo grabas?”.
Pero para llegar al intercambio de música a través de las computadoras hubo que recorrerse un camino que inició por allá en 1877, cuando Thomas Alva Edison inventó el primer fonógrafo. De ahí, Emile Berliner dio el siguiente paso con la invención del gramófono. El resto es historia: aparecieron el tocadiscos de alta fidelidad, las radioconsolas, las sinfonolas, el casete, el disco compacto, el walkman, el mp3 y lo que se acumule.
Quienes venimos de generaciones prehistóricas conocimos la música grabada en discos de vinilo y en casetes. Los abuelos de los abuelos referían que en sus tiempos los discos eran de 78 revoluciones por minuto (RPM). A la de la letra le tocaron ya en formatos de 45 y de 33 RPM; los primeros contenían apenas un tema de cada lado, los segundos registraban de seis a ocho temas por lado. Además, sus carátulas eran, frecuentemente, verdaderas obras de arte, muchas de ellas hoy de colección.
Para entonces los tocadiscos habían evolucionado a las radioconsolas. Eran como baúles de pequeños (como de un metro) a inmensos, dentro del cual estaba el tocadiscos. Cerrados servían también como mesa auxiliar. A la fecha las radioconsolas se cotizan bien entre quienes gustan de lo retro.
Hoy que tanto se habla de que la “piratería” y el intercambio gratuito de música por la internet ha golpeado inclemente a la industria discográfica, uno recuerda que aquellos discos de vinilo eran imposibles de piratear. Lo más que podía hacerse era lambisconear, amenazar o suplicar al propietario del acetato inconseguible hiciera el favor de grabarlo en un casete. Los únicos mecanismos de copiado eran de disco a casete y de casete a casete, no había de otra.
Además de la música, los vinilos aquellos obsequiaron momentos divertidísimos cuando se rallaban y el ídolo en turno se quedaba trabado cantando el mismo pedazo “sufro… sufro.. sufro..”, o cuando el alcapone (alcapone el disco) de la fiesta se le olvidaba cambiar las revoluciones y ni el mismísimo Pavarotti se salvaba de escucharse como ardillita.
Como para todo hay maña, la sabiduría popular recomendaba que en un disco rayado se salvaba el escollo colocando una moneda (o varias) sobre el brazo del tocadiscos. La cuestión era dar con la moneda del peso adecuado y colocarla en equilibrio. Si la moneda caía, su caída podía derrumbar también el ánimo en una pachanga, así que aquel con el don de equilibrar el peso era invitado imprescindible en toda fiesta en que hubiera discos rayados.
Años después los vinilos fueron reemplazados por los discos compactos, y con la masificación del internet por los nuevos formatos de archivo, como el mp3.
Es ahí cuando incluso las generaciones recientes envejecen al iniciar sus pláticas con “te acuerdas cuando…” Y se acuerda uno cuando descubrió que existía napster, aquel programa en que ponía el nombre de la canción deseada, daba click y ¡voilá! a “bajarla” a la computadora de donde podía pasarla a discos compactos y disfrutarla.
Era maravilloso tomar canciones de aquí y de allá hasta conseguir el repertorio soñado. ¡Y gratis! El problema era que no podía interrumpir la transferencia.
Tomando en cuenta que el internet no tenía entonces la velocidad de ahora conseguir cada canción podía equivaler a estar adherido a la computadora por horas, cruzando los dedos porque Fulanito10 no se desconectara.
Horas viendo como el bloque vacío se teñía de azul marcando el avance de la transferencia del archivo. De pronto, al llegar al 97 por ciento, ¡cuaz! el fatídico aviso de que la transferencia había sido cancelada, arrancando el sentido grito:
¡AAAghh! NOO, se cortóoo.
¿Se acuerda cuando...?
Muchas gracias por leer éstas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Por favor, comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones por favor en adosdetres@hotmail.com
Que tenga una semana en lo que bueno no se interrumpa.
lunes, 25 de octubre de 2010
A dos de tres
Marisa Pineda
Como culichi puedo decir que sé qué hacer cuando nos anuncian la cercanía de algún huracán. Creo (sin estar plenamente segura) saber también, por así decirlo, qué hacer en caso de balacera. Pero si me preguntan ¿sabes qué hacer en caso de sismo? La respuesta es no, seguida de una risita nerviosa; la misma risita que se hizo presente el jueves cuando, esa vez sí, me tocó sentir uno de los temblores que hubo en Sinaloa en la semana que terminó, y tras el cual el comentario general era “Dónde te agarró el temblor” a ritmo de Chico Ché.
Hará cosa de un año, esta su amiga estaba entre pasando de un canal a otro en la televisión y alimentando a su mascota virtual en pet society, de pronto empecé a sentir que me tambaleaba. Nah! Seguro pasó un camión (porque cuando pasan camiones o vehículos con las bocinas a todo lo que da se siente vibrar el piso de casa); a ello siguió un clac clac clac y el vaso que estaba en el buró se movía. ¡Ay! Ojeras, para cuando me cayó el veinte de que temblaba, la sacudida ya había pasado.
Afortunadamente entonces sólo fue un susto que me llevó a hacer limpia de pijamas. Sí, es muy cómodo dormir con una camiseta raída y un pantalón que ya vivió sus mejores días, pero verse en medio de la calle en tales fachas, en horas de la madrugada, así de fodonga ¡jamás!
Esta vez el temblor pepenó a la de la letra en la oficina. Al sentir el bamboleo lo atribuí a trabajos de construcción que se realizan en el edificio. Cada vez era más notorio el movimiento, pero ¿Cómo decir que está temblando? Van a pensar que estoy loca. Silencio. Hasta que una compañera se atrevió a pronunciar en voz alta, mitad pregunta, mitad afirmación: no sienten como que esta temblando?
Y sí. Enseguida aparecieron los reportes en las redes sociales: en Mochis y Guasave se sintió más fuerte. Evacuaron varios edificios y escuelas. No hay daños, fue el puro susto. Enseguida también los testimonios de quienes lo percibieron y de quienes no. Las risitas nerviosas y las canciones. Las más populares “dónde te agarró el temblor” y “despiértame cuando pase el temblor”. Y el común denominador: no sabemos qué hacer en caso de temblor.
En agradecimiento a que no hubo pérdidas que lamentar, y en virtud de que estos movimientos por muy atípicos que sean son cada vez más frecuentes por estos rumbos, se supone que uno debería indagar qué hacer en tales casos o solicitar capacitación y simulacros. Sin embargo, no se Usted, pero yo he encontrado mayormente voces incrédulas y burlonas que aseguran “no pasa nada”.
Por si hubiera otro temblor (aquí el hubiera sí existe) y considerando que el saber no ocupa lugar no está por demás que sepa que es conveniente: revisar las conexiones de gas, electricidad y agua de su casa. Identificar los lugares más seguros y verificar que las salidas y pasillos no estén obstruidas (típico que uno pone “por mientras” el cartón de adornos navideños y ahí se queda hasta el siguiente año). Fijar bien los cuadros, estantes y demás objetos que pone en la pared (si aguanta, apenas entró el clavo pero sí aguanta). No colocar objetos pesados sobre esos estantes (te digo que si aguanta). Asegurar bien candiles y abanicos de techo (no se cae, se mueve pero sí aguanta). Tener a la mano identificaciones de cada miembro de la familia, indicando el tipo de sangre (¿Qué tipo de sangre es el niño vieja? ¡Ay! Creo que O, ¿no?)
Cuando tiembla se recomienda: Mantener la calma (no va a ser nada fácil). Diríjase a los lugares seguros (que se supone ya tiene identificados) cubriéndose la cabeza con ambas manos, colocándola junto a las rodillas (como en posición fetal). Aléjese de los objetos que puedan caerse, quebrarse o deslizarse. No use los elevadores. No se apresure a salir (nada de ¡corran!, ¡corran!). De ser posible cierre llaves del gas, baje el switch de la energía eléctrica y no use cerillos.
Si el temblor lo agarra en la calle. Por piedad no empiece a gritar, no asuste a la gente (no es momento para empezar a predicar “nos vamos a morir todos, arrepiéntanse”). No corra, ni empuje a los demás. Diríjase a los sitios que se vean seguros, evitando edificios con grandes cristales o lugares cercanos a los cables de energía eléctrica. Evite acercarse a los postes de la luz con transformadores. Procure ir hacia los camellones. Al término del sismo comuníquese con sus familiares para conocer su estado.
Si va manejando: disminuya la velocidad hasta detenerse por completo. Estaciónese evitando hacerlo cerca de edificios de cinco a siete pisos, los cuales se consideran los más vulnerables. Quédese en su vehículo y procure mantener la calma. Al término del sismo, encienda la radio para conocer la situación. Procure comunicarse con sus familiares.
Eso es lo básico, pero hay muchos otros puntos que puede consultar en los portales de internet de los sistemas de protección civil del Distrito Federal, por ejemplo, en donde tienen mucha experiencia en eso.
Por generaciones, cuando los culichis escuchamos de sismos decíamos “allá no tiembla, allá lo que hay son ciclones y mucho calor”. Porque aquí aguantamos un verano de casi nueve meses, con temperaturas cada vez más inclementes; pero si a eso hay que sumarle que ahora tiembla, esta su amiga siente que con cada sacudida a Culiacán le quedan menos cosas bonitas.
Muchas gracias por leer estas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Por favor, comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones en adosdetres@hotmail.com
Que tenga una semana sin sobresaltos.
Marisa Pineda
Como culichi puedo decir que sé qué hacer cuando nos anuncian la cercanía de algún huracán. Creo (sin estar plenamente segura) saber también, por así decirlo, qué hacer en caso de balacera. Pero si me preguntan ¿sabes qué hacer en caso de sismo? La respuesta es no, seguida de una risita nerviosa; la misma risita que se hizo presente el jueves cuando, esa vez sí, me tocó sentir uno de los temblores que hubo en Sinaloa en la semana que terminó, y tras el cual el comentario general era “Dónde te agarró el temblor” a ritmo de Chico Ché.
Hará cosa de un año, esta su amiga estaba entre pasando de un canal a otro en la televisión y alimentando a su mascota virtual en pet society, de pronto empecé a sentir que me tambaleaba. Nah! Seguro pasó un camión (porque cuando pasan camiones o vehículos con las bocinas a todo lo que da se siente vibrar el piso de casa); a ello siguió un clac clac clac y el vaso que estaba en el buró se movía. ¡Ay! Ojeras, para cuando me cayó el veinte de que temblaba, la sacudida ya había pasado.
Afortunadamente entonces sólo fue un susto que me llevó a hacer limpia de pijamas. Sí, es muy cómodo dormir con una camiseta raída y un pantalón que ya vivió sus mejores días, pero verse en medio de la calle en tales fachas, en horas de la madrugada, así de fodonga ¡jamás!
Esta vez el temblor pepenó a la de la letra en la oficina. Al sentir el bamboleo lo atribuí a trabajos de construcción que se realizan en el edificio. Cada vez era más notorio el movimiento, pero ¿Cómo decir que está temblando? Van a pensar que estoy loca. Silencio. Hasta que una compañera se atrevió a pronunciar en voz alta, mitad pregunta, mitad afirmación: no sienten como que esta temblando?
Y sí. Enseguida aparecieron los reportes en las redes sociales: en Mochis y Guasave se sintió más fuerte. Evacuaron varios edificios y escuelas. No hay daños, fue el puro susto. Enseguida también los testimonios de quienes lo percibieron y de quienes no. Las risitas nerviosas y las canciones. Las más populares “dónde te agarró el temblor” y “despiértame cuando pase el temblor”. Y el común denominador: no sabemos qué hacer en caso de temblor.
En agradecimiento a que no hubo pérdidas que lamentar, y en virtud de que estos movimientos por muy atípicos que sean son cada vez más frecuentes por estos rumbos, se supone que uno debería indagar qué hacer en tales casos o solicitar capacitación y simulacros. Sin embargo, no se Usted, pero yo he encontrado mayormente voces incrédulas y burlonas que aseguran “no pasa nada”.
Por si hubiera otro temblor (aquí el hubiera sí existe) y considerando que el saber no ocupa lugar no está por demás que sepa que es conveniente: revisar las conexiones de gas, electricidad y agua de su casa. Identificar los lugares más seguros y verificar que las salidas y pasillos no estén obstruidas (típico que uno pone “por mientras” el cartón de adornos navideños y ahí se queda hasta el siguiente año). Fijar bien los cuadros, estantes y demás objetos que pone en la pared (si aguanta, apenas entró el clavo pero sí aguanta). No colocar objetos pesados sobre esos estantes (te digo que si aguanta). Asegurar bien candiles y abanicos de techo (no se cae, se mueve pero sí aguanta). Tener a la mano identificaciones de cada miembro de la familia, indicando el tipo de sangre (¿Qué tipo de sangre es el niño vieja? ¡Ay! Creo que O, ¿no?)
Cuando tiembla se recomienda: Mantener la calma (no va a ser nada fácil). Diríjase a los lugares seguros (que se supone ya tiene identificados) cubriéndose la cabeza con ambas manos, colocándola junto a las rodillas (como en posición fetal). Aléjese de los objetos que puedan caerse, quebrarse o deslizarse. No use los elevadores. No se apresure a salir (nada de ¡corran!, ¡corran!). De ser posible cierre llaves del gas, baje el switch de la energía eléctrica y no use cerillos.
Si el temblor lo agarra en la calle. Por piedad no empiece a gritar, no asuste a la gente (no es momento para empezar a predicar “nos vamos a morir todos, arrepiéntanse”). No corra, ni empuje a los demás. Diríjase a los sitios que se vean seguros, evitando edificios con grandes cristales o lugares cercanos a los cables de energía eléctrica. Evite acercarse a los postes de la luz con transformadores. Procure ir hacia los camellones. Al término del sismo comuníquese con sus familiares para conocer su estado.
Si va manejando: disminuya la velocidad hasta detenerse por completo. Estaciónese evitando hacerlo cerca de edificios de cinco a siete pisos, los cuales se consideran los más vulnerables. Quédese en su vehículo y procure mantener la calma. Al término del sismo, encienda la radio para conocer la situación. Procure comunicarse con sus familiares.
Eso es lo básico, pero hay muchos otros puntos que puede consultar en los portales de internet de los sistemas de protección civil del Distrito Federal, por ejemplo, en donde tienen mucha experiencia en eso.
Por generaciones, cuando los culichis escuchamos de sismos decíamos “allá no tiembla, allá lo que hay son ciclones y mucho calor”. Porque aquí aguantamos un verano de casi nueve meses, con temperaturas cada vez más inclementes; pero si a eso hay que sumarle que ahora tiembla, esta su amiga siente que con cada sacudida a Culiacán le quedan menos cosas bonitas.
Muchas gracias por leer estas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Por favor, comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones en adosdetres@hotmail.com
Que tenga una semana sin sobresaltos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)