lunes, 17 de octubre de 2011

A dos de tres

Marisa Pineda

Dicen quienes dicen saber que cuando el hombre controló el fuego nació la gastronomía. De entonces a la fecha todo se reduce a quién come a quien de qué manera. A petición del 20 por ciento de nuestros lectores (lo cual equivale a un lector) en A dos de tres nos instalamos en sibaritas, levantamos el meñique y adoptamos pose de catador oficial para dedicar este espacio a ese manjar cuyo origen se ubica en tiempos prehispánicos: los tacos.


Del momento en que el hombre se volvió sedentario, logró el primer cultivo de maíz e hizo las primeras tortillas al instante en que este se convierte en la base de los tacos de la carreta de su preferencia han pasado ya un buen de años. En todo este tiempo los tacos no han estado exentos de la evolución y de las influencias multiculturales, patentes en la incorporación de ingredientes (las tortillas de harina, por ejemplo), de técnicas (los tacos al pastor) y en el nombre de algunas variedades (como las gringas). Para los de A dos de tres la mejor evolución de las carretas de tacos de carne asada es la incorporación del servicio a domicilio.

En Culiacán si hay algo que pulula son las carretas de tacos de carne asada, a cual más de todas de sabrosos. Por generaciones “salir a cenar” equivalió a salir a cenar tacos de carne asada. Ya luego aparecieron y se popularizaron las pizzas y los sushis (que con la característica hospitalidad culichi adoptamos y adaptamos incorporándoles ingredientes como el chilorio), sin embargo el clásico de clásicos sigue siendo el taco de carne asada. 

Algo hay en el manjar que despierta los instintos primarios. Por más satisfecho que esté uno es cuestión de oler la carne asada para sentir como se activa el apetito. Además, los taqueros deben tener algún secreto, pues por más que uno trata de recrear el sabor en comilonas familiares no se logra. No falta el aséptico que justifica la ausencia de ese “algo” que tienen los tacos de carreta aduciendo que los condimentos ausentes son la tierra y el humo que avientan los camiones al pasar. ¡Injurias! 

En las carnes asadas caseras es de rigor que caiga un trozo de carne al suelo y algún tragón acomedido lo junte y se lo coma, argumentando que peores cosas se mete uno a la boca. La tierra, pues, ahí está pero el sabor sigue sin ser el mismo. Los conocedores refieren que el sazón lo da el cebo asado que se le pone a la tortilla. Por años esta su amiga experimentó en ese sentido, lo único que conseguí fueron tristes versiones tapa arterias, tan cercanas de la hipertensión como lejanas del sabor anhelado.

Y es que eso del sabor es un misterio. Si bien el producto es el mismo: tortilla y carne asada, el gusto varía de carreta a carreta, pero curiosamente se mantiene en aquellas que pertenecen a la misma firma. Prácticamente en cada colonia hay unos tacos de El Pariente, cuya única relación es la coincidencia del apodo, cada Pariente da un sabor particular a su producto. En cambio, en las sucursales de los Hermanos Moreno, o en las del Toro Bravo, el gusto no varía. Secretos del brasero.

¡Ah! Porque el nombre de las carretas es asunto aparte. Están las que toman el nombre de los parentescos consanguíneos o políticos del taquero: el Pariente, el Compadre, el Cuñado y el Primo se repiten de colonia en colonia y de barrio en barrio. Aquellas en las que el apócope del nombre o el apodo del taquero hace la carreta: los tacos del Choche, de la Cande, del Torito, del Güero y un larguísimo etcétera. O las otras que toman el apellido para hacer de él sinónimo de prosapia gastronómica: los hermanos Moreno, añadiendo la fecha en que se fundó el negocio para refrendar el linaje.

También están las carretas cuya identificación va estrechamente ligada a su ubicación geográfica: los tacos de la curva, los del boulevard, los de la esquina. Así como las que toman su nombre del árbol que las cobija: los del tabachín, de la amapa, del guamuchilito, de la ceiba. No se puede dejar de mencionar las que en el apelativo definen su clientela: los desvelados, y las que lo hacen citando la habilidad del taquero: las salsas voladoras o los desaparecidos tacos del frijolón.

Los tacos del frijolón tienen un sitio especial en la memoria de La de la letra. La carreta se ubicaba sobre el boulevard Madero a la altura de la Caseta Cuatro. Su clientela se componía mayormente de músicos, suripantas, chichifos, taxistas, malandrines, vendedores y algunas familias vecinas que no se incomodaban en compartir la banca con los referidos parroquianos, quienes tenían su punto de operación en la zona de tolerancia, entonces recién reubicada en el ejido El Barrio.

El taquero había llegado del Estado de México, iba al gabacho en pos de una mejor vida pero se quedó varado y empezó a vender tacos para completar lo que le pedía el “pollero”. El tiempo pasó, aquí formó su familia y se avecindó.

Los tacos del frijolón eran famosos por ser los más baratos y porque si bien la ración de carne asada era muy escasa (nadie encontró jamás más de tres cuadritos por taco) la completaba con una sobrada cucharada de frijoles guisados con manteca y una salsa suculenta. Cabe aclarar: los frijoles estaban enteros e iban adentro del taco.

Un día se corrió la voz que los tacos del frijolón serían gratis y así fue. A la mañana siguiente “El frijolón” regaló a sus vecinos más amolados las escasas pertenencias de la familia y con toda su prole se regresó a su tierra. Luego se supo que "El frijolón" se había sacado la lotería. En todos estos años jamás he vuelto a encontrar otros tacos como esos: de frijol con carne asada y una salsa inolvidable.

Pero si de salsas hablamos hay que ponerse de pie al momento de hablar de la carreta de las salsas voladoras. Un espectáculo visual y al paladar. Ubicada originalmente en la esquina sur-oriente de Serdán y Colón (ahora está cruzando la calle, atrás de la escuela Tipo) las salsas voladoras toman su nombre de la habilidad del taquero para atrapar en el aire la cucharada de salsa con el taco.

Con la engañosa facilidad que da el dominio de la técnica, el taquero toma el taco con una mano y con la otra avienta la cucharada de salsa. En los años que tengo frecuentando la carreta jamás me ha tocado ver que falle un solo cucharazo. Como prueba de su destreza está su mandil, que conforme transcurren las horas y pasan los comensales se mantiene de un blanco impoluto. A estas alturas sigo sin saber si en las salsas voladoras uno paga por el taco o por el espectáculo, a cual más de los dos de buenos. 

Y podríamos seguirle, pero ya nos dio hambre y vamos por unos tacos. Muchas gracias por leer éstas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Ya sabe, comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones por favor en adosdetres@hotmail.com  También estamos en Twiter  como @MarisaPineda por si gusta seguirnos.

Que tenga una semana de-li-cio-sa.

(PD: Don Autoridad y Usted qué tal ¿No se le va el apetito? ¿Cuántos inocentes cayeron esta semana a manos del crimen organizado? ¿Para cuantos hubo ya justicia? Más allá de la Justicia Divina. Si espera que el olvido termine de sepultarlos, error: no se nos olvida.)

lunes, 3 de octubre de 2011

A dos de tres


Marisa Pineda

Culiacán está de fiesta. Celebra sus primeros 480 años de existencia. De Culiacán se ha escrito sobre el significado de su nombre, sobre su fundación, sobre el tomate, sobre su desaparecido ferrocarril “El tacuarinero”. También sobre sus calles, plazuelas y casas. Se ha escrito sobre sus brillantes intelectuales, académicos y artistas. Se ha formado un inmenso mar de tinta de lo que se ha escrito sobre la vida, obra y andanzas de los barones de la droga. Se ha escrito sobre tantísimos temas, sin embargo para los de A dos de tres la historia todavía nos queda debiendo un capítulo: el de la lucha libre en Culiacán.


Los del Departamento de Investigaciones de A dos de tres se hacen los desentendidos porque no es mucho lo que han logrado encontrar sobre la lucha libre en Culiacán y sus personajes. Cuando uno les pregunta dónde estuvo la primera arena, cual fue el primer combate, quién fue el primer luchador culichi en luchar enmascarado, se vuelven la bichi y tratan de desviar la atención. “Va a venir La tremenda corte como parte de los festejos (de la ciudad). Van a estar resolviendo un tremendo caso”, dicen para cambiar de tema.


Tremendo caso es tratar de ubicar los orígenes de la lucha libre en Culiacán. En pláticas con la afición de antaño algunos recuerdan una arena que hubo por la calle Nicolás Bravo, rumbo al malecón. Otros citan las luchas que se llevaron a cabo en la Arena Colón, en lo que fuera el cine con ese mismo nombre. Algunos más hablan de la Arena El Palmito, espacio que impulsó una familia gitana. Los más citan los combates entre las grandes figuras de la lucha en el Parque Revolución. Único espacio vigente de todos los que mencionaron.


Si bien el futbol es el deporte más popular en México, la lucha libre es el de la identidad. Basta leer las reseñas sobre el revuelo que despiertan los gladiadores mexicanos en el extranjero; echarle un vistazo a la cantidad de tesis de grado y postgrado que se han escrito sobre la lucha, sus exponentes y sus máscaras, para corroborar el peso del deporte espectáculo.


Por allá en los años 70 la lucha libre cobró cierta relevancia en Culiacán. Era cuestión de divisar al rotulista trazando el cartel en alguna pared para que en segundos la plebada lo tuviera rodeado, interrogándolo cual si fuera el promotor de la función. Mal delineaba una letra cuando uno anticipaba lo que creía era el resto. El Sss… ¡El Santo! Va a venir El Santo gritábamos jubilosos en lo que los desesperados corrían a llevar el chisme mal, pues la siguiente letra era una o.. Eeel Sooo… ¡El Solitario! Va a venir El Solitario y así, letra por letra, hasta completar el cartel.


Culiacán está lejos del epicentro de la lucha libre. Gladiadores como Muralla Negra, El Rayo de Sinaloa y El Delfín se las ingeniaron para entrenarse, formarse una imagen y subirse al encordado con los escasos elementos que tenían. Dieron lo mejor de sí ante sus pares regionales y ante las máximas figuras como El Santo, Blue Demon, El Rayo de Jalisco y muchos otros distinguidos visitantes que barrieron con los de casa, no sin reconocer su empeño.


De ese selecto grupo de luchadores locales, hechos de más corazón que técnica, recuerdo a Muralla Negra, quien trabajó en el Ayuntamiento de Culiacán, en aseo y limpia, creo. Alguna ocasión, en víspera de una elección sindical, fue a dar a casa una mampara con el cartel de la lucha de días atrás y en ella la imagen del gran Muralla Negra. Habían llevado aquel bastidor para pintarlo con propaganda de la planilla amarilla. Me explicaron que el Muralla  era un compañero suyo que los apoyaba. Así supe dónde trabajaba.


En esa década, la de los 70, en la Arena El Palmito debutó El Rayo de Sinaloa, llamado también El Ranchero por el sombrero que usaba. Cuando perdió la máscara se descubrió la identidad de Natividad Palafox. Siguió luchando por casi 40 años en diversas arenas por rumbos del bajío, a donde se fue a radicar. Cuentan que su hijo sigue sus pasos con el nombre de El hijo del Rayo de Sinaloa.


De quienes hicieron nombre en aquellos tiempos hay un luchador que sobresale por su indiscutible carisma: El Delfín. Fue quien más seguidores alcanzó. El parque Revolución se cimbraba al grito deletreado de Delfín. Sus mallas y su capa azul recordaban el azul del mar y en la tapa la figura que le daba nombre.


El Delfín perdió la máscara ante Vic Zamora “La calaca de Tijuana”, en una lucha en la capital sinaloense, en el Parque Revolución si mal no recuerdo. Vic Zamora se convirtió en promotor de peleas de box y de luchas, asociado con el cronista Agustín D. Valdez trajeron a Culiacán importantes elencos que siempre dieron cabida a los locales. En esas carteleras no faltó Agustín Noriega Durán, El Delfín, quien hace poco recibió el homenaje por sus 40 años como luchador profesional, así como el cariño de las nuevas generaciones que siguen sucumbiendo a su carisma.


La lucha libre en Culiacán cada vez toma más forma. Ya hay escuelas en las que los aspirantes a gladiadores pueden formarse y desarrollar una técnica para subir al ring con algo más que valor y arrojo. A los legendarios nombres del Muralla Negra, El Rayo de Sinaloa, El Delfín y  El loco del campanario (de quien siempre se ha dicho es El Delfín) se han sumado muchos otros nombres como el de Psíclope, Frank el payaso, Muralla Negra (ignoramos si tiene algún parentesco con el de los 70 o es sólo una coincidencia en el nombre de batalla) los hermanos Monster Truck I y II, El Tigre de Aguaruto,  Doberman  y más recientemente el de Mr. Iguana, cuyo imán con el público hace recordar al de El Delfín. Sólo el tiempo dirá cuales de esos nombres se quedan para la historia de la lucha libre en Culiacán. Una historia que aún falta ser escrita.


Muchas gracias por leer éstas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Ya sabe comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones por favor en adosdetres@hotmail.com


Que tenga una semana que haga historia.


(PD: Don Autoridad ¿cómo se lo va? ¿Cuántos inocentes cayeron esta semana a manos de la delincuencia organizada? ¿Ya hubo justicia para alguno de ellos? más allá de la Justicia Divina. Si espera que el olvido termine de sepultarlos, equivocación: no se nos olvida.)


lunes, 26 de septiembre de 2011

A dos de tres

Marisa Pineda

Lunas atrás nos referíamos aquí a las batallas que están perdidas antes de iniciar. No a los pleitos arreglados, sino a esos cotejos que suele llamárseles “de compromiso”, esos en que la ley de la ventaja está notoriamente canteada a un solo lado. Esta es una historia de esas. Perdonará el abuso de la primera persona, pero se trata de mi historia. Una de las mejores historias de humor negro que he protagonizado. Le cuento.

Primera caída. “Se te borró la sonrisa, es que me vino un recuerdo”.

Todo comenzó por allá en enero. Tras culminar mi encargo en el servicio público inició el recorrido en busca de los chelines que marca la Ley de Pensiones. Dos vueltas después -falta un sello, falta una copia- por fin completé la documentación. Sin nuevos contratiempos firmaron de recibido y escuché la cantidad a que tenía derecho conforme a la ley en la materia.

La empleada advirtió que el trámite para recuperar los dineros podría tardar en dar resultados favorables. Sabedora de que quien hace el candado hace la llave, pregunté si alguno de los cientos de solicitantes ha logrado recuperar su caudal. “Sí”, subrayó. Sin dar números dijo “ya han salido cheques”. Pensé en voz alta: y sin embargo, se mueve.

La empleada adelantó que en cuanto hubiera resultado ellos me llamarían por teléfono. Al salir no pude evitar recordar a El coronel, de la novela de Gabriel García Márquez “El coronel no tiene quien le escriba” (El coronel se queda esperando toda una vida a que le llegue el aviso de que se aprobó su pensión. La novela termina con el diálogo entre el coronel y su esposa quien, desesperada por la miseria en que viven, le reclama “Dime, qué comemos” y este le responde: Mierda).

Para mi sorpresa la llamada llegó, casi a seis meses de que inició la espera. La persona que marcó dijo entusiasta: ya salió su cheque, venga mañana después de las 11 con su credencial de elector. Cerró su mensaje expresando “¡Felicidades!”.

N’ombre, hubiera visto, hasta lágrimas de felicidad hubo en mi familia. Contagiada por aquel “Felicidades” ya me veía con casa propia, autito y hasta fiesta de inauguración del nuevo hogar. Sí, es verdad que la cifra no alcanza ni para echarle combustible suficiente al avión oficial para ir de Culiacán a Altata, pero ya sabe las cuentas alegres que saca uno con el júbilo.

Segunda caída. “Maaar-gaaa-rii-to”.

Al siguiente día allá le voy. En cuanto llegué lo primero que me llamó la atención fueron muchas caras nuevas. Con una sonrisa de buzón me planté ante la empleada, quien me envió dos pisos arriba. Una señora de bastón que iba adelante me hizo reparar en que quienes buscan una pensión tienen que aventarse dos o tres pisos cuesta arriba para hacer su trámite. Por fin, la señora y esta su amiga llegaron a su destino. Sin dejar de sonreír me identifiqué y me hicieron pasar a una sala de juntas. ¡Achis! Dije a mis adentros ¿pues qué irá a haber foto o acto protocolario?

Ni lo uno ni lo otro. Ahí tiene que me extendieron un cheque con una cantidad bien lejana a lo que me corresponde legalmente. La funcionaria que me atendió me explicó que al llamar no habían aclarado que ya estaba mi dinero, pero sólo el correspondiente a aportaciones directas.  El bono de pensión al cual se refiere la ley en sus artículos 29 y 30 queda pendiente. Haga de cuenta que, por poner un número,  de diez mil pesos que le deben le abonan 100.

La funcionaria se empeñaba en realizar su trabajo sin hacerme sentir mal –creo- y yo me empeñaba en que no se me saliera una risita nerviosa, pues me sentía en uno de esos crueles programas de concurso: a ver Marisa, ya tienes tus 100 pesos. Son tuyos, pero para que te los puedas llevar tienes que pasar una prueba más. ¿En qué consiste esta prueba? Tienes que firmarme este recibo donde aceptas sumisa y resignadamente que te debo pero no tengo para pagarte. ¿Qué te parece? El que abona pagar quiere y aquí están tus 100 pesos de aportaciones directas. No puedes decir que no velo tus asalariados intereses, anda firma ahí para que te puedas llevar tus 100 pesotes.

Tercera caída. “Será mañana o pasado mañana, el lunes o el martes, será cualquier día…”

Me fui sin aceptar el cheque. Confieso que al principio me agüité y más porque aquella rudeza innecesaria afectó a mi familia. Luego se impuso el humor negro. Como a los dos meses volvieron a llamar. Me intrigó la insistencia y, sabiendo que el lobo puede cambiar de pelo pero no de aullido, me apuré a pasar por el papel, una voz interna me advertía que si me tardaba ni esos pesos vería.

¿Y ahora cómo te fue? Me preguntaron –cautelosamente- amigos y familiares.  Bien, respondí, fue como cuando en la película El Padrino, Vito le dice a Jhonny Fontana: “Le haré una oferta que no podrá rechazar”. Firmé un convenio y salí del Instituto de Pensiones con mi cheque y una resignación que quienes me rodean no comparten. Dicen que soy pesimista por sostener que esos dineros no los verán mis ojos, por muy que tengo un documento con validez legal en el cual se asienta el adeudo.

Amigos y familiares sostienen que un lejano día volverá a sonar el teléfono voceándome para que pase a recoger el producto de años de trabajo. Les digo que no es así, que el día de mañana derogan la tal ley, desaparecen el tal instituto o lo absorbe alguna secretaría y en ese toma y daca le cantan la tercera caída a la esperanza de miles de empleados.

Debo reconocer, agradecer y destacar que todo el personal que me atendió, de principio a fin, fue siempre muy amable y cálido. No me pagaron todo lo que me deben, pero me trataron bien.

Cosas del humor negro.

Muchas gracias por leer éstas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Ya sabe, comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones por favor en adosdetres@hotmail.com

Que tenga una semana con humor y esperanza.

(PD: Don Autoridad ¿cómo se lo va? ¿Ya hubo justicia para los inocentes caídos en manos de la delincuencia? Más allá de la Justicia Divina. Si cree que el olvido terminará de sepultarlos, error: no se nos olvida.)


lunes, 5 de septiembre de 2011

A dos de tres

Marisa Pineda

Es un día cualquiera y va uno por la vida haciendo lo que hace en un día cualquiera, como agacharse a levantar algo que se le cayó, de pronto, al incorporarse, un dolor aguijonea su espalda, clavándose como arpón y no lo suelta hasta una consulta médica después. Ya medio repuesto argumenta: “nunca me había pasado esto” y no falta quien le diga que ya está en la edad de los nunca, cuando el cuerpo –que fía pero cobra con intereses leoninos- empieza a pasarle la factura. A esos episodios me recuerda este país, mi país, que a cada hecho violento –cada uno más violento que el anterior- nos hace exclamar “es que esto nunca había pasado”.

La historia contemporánea de México registra dentro de sus episodios conocidos más violentos en contra de la población civil: la masacre de 1968, el Jueves de Corpus de 1971 (ambos dentro de la guerra sucia que se vivió de fines de los años 60 a principios de los 80) y, por su trascendencia, el asesinato del candidato priista a la Presidencia de la República, Luis Donaldo Colosio, en 1994. Todos esos episodios tienen como común denominador asuntos relacionados con el poder político.

Durante mucho tiempo Sinaloa, y particularmente Culiacán, cargó con la mala fama de estado violento. Fama, hay que reconocer, que aunque injusta para la mayoría de la población fue ganada a golpe de plomo, sangre, tinta y tiempo al aire porque, reconozcamos también, el morbo se vende bien en los medios de comunicación. La violencia entonces era entre familias y grupos bien delimitados. Las víctimas ajenas a esos enconos son una dolorosa minoría. Al caer un inocente se alzaba la ola de protestas y los verdaderos protagonistas entraban en una calma chicha ante el reproche popular.

Pero quien sabe en qué momento algo se averió y cada vez más lugares en el mapa nacional se empezaron a teñir de rojo. El daño empezó a dar muestras de su gravedad cuando los grupos delictivos borraron descaradamente sus fronteras, a grado que hoy en día prácticamente no hay captura o hecho ilícito notorio que no incluya entre los implicados  a un expolicía o policía en activo (con la afrenta que esto conlleva para los elementos honrados y las instituciones mismas).

También varió la reacción de los delincuentes ante los inocentes caídos. Ya sean una o 52 las víctimas lo reducen a un “ya le tocaba”, y la ola de protestas tras un hecho particularmente violento no les quita ni la tranquilidad, ni el hambre, ni el sueño.

Hace poco comentábamos aquí el caso de la mujer con una granada alojada en la cara, quien gracias al esfuerzo de un heroico equipo médico vive para contarla. Decíamos que ello marca un antes y después en las urgencias médicas, porque en México nunca había ocurrido eso. 

Días después, en el estadio Territorio Santos Modelo se vivieron momentos de angustia cuando en sus afueras ocurrió una balacera. Nunca había pasado eso en un escenario deportivo.

Pero si algo puede empeorar, empeorará y el 25 de agosto 52 personas perdieron la vida en el Casino Royale, en Monterrey, luego de que un grupo de delincuentes, armados, lo incendió presuntamente en represalia a que la sala de juegos no cedió a sus extorsiones. Nunca había sucedido eso.

Y así como al llegar a la edad de los nunca uno tiene que cambiar hábitos, así en el país tenemos que hacer lo propio. Meses atrás, en A dos de tres proponíamos aplicar en las escuelas una guía sobre qué hacer en caso de balacera, y extenderla a sitios públicos como centros comerciales y hospitales. 

Lo ocurrido en el Territorio Santos Modelo (TSM)  nos enseña que los estadios y las arenas (por citar los escenarios de los deportes más populares en México: futbol, box y lucha libre, y beisbol) deben incluirse en tales protocolos, pues lo que pasó en el TSM no tuvo final trágico gracias a que el terreno de juego no está alambrado y los aficionados pudieron saltar hacia allá, al comportamiento mismo de la afición y la directiva, y a que Dios es muy grande.

Así como hay carteles con instrucciones de qué hacer en caso de incendio y de sismo, proponemos se diseñe uno de qué hacer en caso de tiroteo; así como revisar, de verdad, la funcionalidad de las salidas de emergencia en edificios públicos y privados, pues con cada tragedia sale a la luz que o no se contaba con ellas o estaban bloqueadas, lo que para fines prácticos es lo mismo. 

Ojalá y Don Autoridad considere que 50 mil muertos en cinco años es cifra suficiente para analizar la pertinencia de crear y difundir las medidas mencionadas, más allá de rezar o de ampararse en la máxima “cuando te toca aunque te quites, cuando no te toca aunque te pongas”.

Muchas gracias por leer estas líneas y con ello hacer que esto valga la pena. Por favor comentarios, sugerencias, invitaciones, mentadas y hasta felicitaciones en adosdetres@hotmail.com ¡Ah! Y qué cree, la de la letra tiene tuiter (aunque no le “intelige” muy bien) @MarisaPineda 


Que tenga una semana libre de angustias.


(PD: Don Autoridad, esto es como el zumbido de una mosca, pero ¿cuántos inocentes cayeron esta semana a manos de la delincuencia? ¿Hubo ya justicia para ellos? ¿La habrá? Más allá de la Justicia Divina. Si cree que el olvido terminará de sepultarlos, error: no se nos olvida.)